Un guerrero corpulento con barba oscura, cabeza rapada a los lados, grandes pendientes circulares y el cuerpo cubierto de tatuajes tribales permanece de pie en un pasillo de templo antiguo, vestido con una falda de cuero, sandalias, brazaletes y collares rituales. Frente a él aparece una criatura grotesca y surrealista, encajada entre columnas de piedra decoradas con motivos egipcios o mesoamericanos, con una gran vasija de barro incrustada en la cabeza, tubos orgánicos, manos largas con garras y una enorme trompa rugosa que cae hasta el suelo. De varios apéndices rosados mana un líquido blanquecino que forma charcos sobre la tierra, creando una escena fantástica, inquietante y ceremonial en unas ruinas de piedra envejecida.