Escrito por: Raay
1438 palabras
Durante la mayor parte de mi vida, si bien me considero bisexual, mis relaciones sexuales han sido mayormente heterosexuales. Por lo general, y no es por fanfarronear sino para contextualizar, nunca he tenido demasiadas dificultades para ligar con mujeres. Tal vez, esa cierta facilidad hizo que, en algún momento, me aburriera de ello. De repente noté, que al tener sexo con mujeres, ya no sentía ese cosquilleo en el estómago. Supongo que, también, el hecho de consumir pornografía desde bastante joven acrecentó esa sensación de vacío y aceleró todo el proceso.
Todos los que consumen porno estarán de acuerdo conmigo: cuanto más consumes, más variedad y emoción necesitas. Así, pasé de consumir porno ''suave'', a consumir porno más ''hardcore'': generalmente, BDSM. La cuestión es que, como es normal, llegó un momento en que ya no me bastaba con masturbarme mirando dicho contenido; quería experimentarlo en la vida real.
Así pues, lo hice, eso sí en relaciones heterosexuales. Tuve diversas experiencias BDSM, la gran mayoría satisfactorias. No obstante, hubo un momento en que volví a aburrirme: en todas mis experiencias BDSM yo había desempeñado el papel dominante y lo que en un principio era emocionante, por simple rutina, dejó de serlo. Entonces afloró en mí el deseo de estar en el rol de sumisión y experimentar qué se sentía cediendo el control a otra persona, qué se sentía al acatar órdenes, qué se sentía al ser tratado como objeto de placer ajeno. Sin embargo, pronto me encontré con un hándicap: en el mundo BDSM es ciertamente complicado encontrar mujeres que deseen genuinamente (esto es, sin que haya un interés económico de por medio) desempeñar el rol de dominación. O al menos esa fue mi percepción. Sé que, en algunas relaciones BDSM que había mantenido, podría haber sugerido el intercambio de roles. Sin embargo, no era lo que yo quería: si alguien había sido mi sumisa, no podía ser mi ama. El intercambio de roles no era una opción para mí. Yo quería encontrar a alguien que fuera, per se, dominante. Al no encontrarlo, empecé a frustrarme y a refugiarme, nuevamente, en la pornografía.
Si bien me masturbaba mirando porno BDSM heterosexual, pronto me dí cuenta de que me fijaba más en el hombre dominante en escena que en la mujer sumisa. Aunque no quisiera aceptarlo, me percaté de que ya no empatizaba con el hombre, sino con la mujer. No quería ser él, quería ser ella; quería ser la persona que se hallaba de rodillas y atada, chupando un pene enorme y venoso mientras la abofetean. Con el tiempo, comencé a ver porno femdom, especialmente aquél en que la mujer, la ama, obliga a un hombre, el esclavo, a satisfacer a otro hombre. No tardé mucho en tener que aceptar que, el hecho de poner a una mujer dominante en la ecuación era más un mecanismo de evitación algo estrictamente necesario. No quería sentirme completamente gay. Supongo que todos tenemos algo de homofobia int...
Esclavo por un día (I)
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