Un hombre maduro, con el torso desnudo y barba canosa de varios días, permanece junto a una ventana empañada y mojada por la lluvia, con los ojos cerrados y una expresión seria, introspectiva y cansada. Sus manos están apoyadas contra el cristal, una de ellas muy cerca de unas marcas circulares hechas sobre el vaho o la condensación, como trazos de dedos en una superficie húmeda. La luz fría que entra desde el exterior resalta la textura de su piel, el vello del pecho, las arrugas del rostro y el ambiente íntimo y melancólico de la escena, mientras al otro lado del vidrio se intuye un paisaje verde desenfocado.