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FÁBULA DEL CERDO Y LA FLOR (1/2)

Escrito por: Cerdeoymorbo

3 días
1637 palabras
Érase una vez muy cerca de aquí y hace muy poco, que un joven delgadito, no más de 1,68, castaño y con culo respingón, por razones que él solo conocía, insistió varias veces en captar la atención de un perfil correspondiente a un dominante que buscaba jóvenes dispuestos a ser humillados y terminar sucios y lo más apestosos posible. 


- Pero le rogaría que no me haga hablar más, que no me obligue a contar por qué - acabó el joven casi sin resuello.

Izan no había apenas levantado la cabeza. Sentados al fondo del bar, en la semioscuridad elegida por aquel tipo corpulento, velludo, barba mal cuidada y algo de barriga, había ido contestando una a una sus preguntas.

 El tipo, con cadena de oro y otro colgante al cuello, la camisa bastante desabrochada, lo miraba pertinaz y descarado, mientras jugaba con los dedos retorciendo la negra pelambrera que salía por el hueco de su pechera abierta, que a Izan le trajo a la memoria el bosque oscuro y frondoso que rodeaba un coño en la primera y lejana peli porno que vería con trece o catorce años, que un compañero del cole robó a su padre .

- Así que... en resumen, a un tipo que no conoces, le sueltas todo eso y te quedas tan agusto - habló el 'entrevistador' -. Que el nene ha sido malo, muy malo, je, je, je, y busca un papi severo que lo castigue. 

Izan movió la cabeza de abajo a arriba varias veces. En una de ellas, cruzó su mirada con la del Amo, o lo que fuera, con el que había contactado.

- ¿Te gusta hacerte el interesante? Que buscas alguien que te ayude a purgar no sé qué... - repitió sarcástico y riendo -. ¿No serán los radiadores? 

Izan seguía sin poder pronunciar palabra. No calculó que al tipo le gustase que le hubiera reído la gracia. Había hecho un esfuerzo enorme contando todo lo que había contado y se sentía agotado, expuesto e inerme, absolutamente vulnerable como si ya hubiera entregado a ese individuo las llaves de su conciencia. ¿No era acaso eso lo que buscaba? ¿Iban a fallarle las fuerzas? ¿Las piernas quizás para levantarse y salir corriendo? 

- Yo busco, necesito - enfatizó Izan - ser castigado. Yo asumo toda... - no pudo terminar.

- ¡Qué asumir ni qué pimientos, chaval! - lo interrumpió el tío -. Espérame aquí. Tengo que echar un meo. Sí al salir no estás, pues tú verás, linda flor.

- No me voy, a ser que tú me lo pidas - tímido afirmó Izan.

- ¿Yo? - bufó el otro ya de pie. Pero se inclinó hacia Izan medio susurrando: - No es mi costumbre pedir que nadie se quede conmigo, mi flor. Prefiero que me demuestren que quieren quedarse y se lo ganen. Para empezar, no tuteándome. ¿Estamos?

Al continuar hacia el baño, el tono chulesco y el olor a sudor seco y tabaco que le llegó a Izan, lo impregnaron atrapándolo ya sin remedio. El tipo tardó un poco más de lo previsto, pero volvió metiéndose lo que parecía una tela abultada en un bolsillo trasero.

- Un chico atrevido... Obedeciste y viniste con pantalón corto - pegó...

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FÁBULA DEL CERDO Y LA FLOR (1/2)

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