Escrito por: sumisoBuscaALFA
El sumiso llevaba tiempo sin ser usado por un macho de verdad. Había estado con chicos de esos que les gusta tratar bien a las mariquitas, pero eso no le satisfacían, le era casi ajeno. Llevaba días en un período de celo intenso y lastimoso.
Durante el viaje, se distraía mirando los perfiles de Grindr. Era algo que hacía más que nada para distraerse, porque muy pocas veces había encontrado a alguien interesante allí. Le ponía nervioso mirar la app. Sentía pudor. Lo cual era totalmente irracional, porque cualquiera que le mirara, sabía que era una nenaza.
Eso mismo parecía estar pensando un hombre que le parecía estar mirando fijamente desde el otro vagón. Comenzó a sentir su mirada como si fuera un pensamiento intrusivo que se afirma incómodamente en la psiquis. Instintivamente, sus ojos buscaron el origen de la sensación. Alzó la mirada como un conejo inquieto ante la amenaza de un depredador.
El león le miraba fijo, displicente, con franco repudio. O al menos, eso sintió el perro. Lo que si podía asegurar es que le miraba, con esa pose de macho ibérico de los años setenta, las piernas separadas, enfundadas en un tejano azul claro gastado, un torso macizo bajo un polo azul con sólo un botón desabrochado.
No podía ser. No le estaba mirando a él. Seguramente estaba mirando a la chica que se sentaba a unos metros de él. Vaya películas ridículas montaba su imaginación.
De pronto, se dio cuenta que la próxima parada era Rocafort. La estación de entrada a maricolandia. Esa noche, como muchas otras, él iba a caminar por allí para al menos poder ver a hombres guapos, ya que no tenía la suerte de poder comer sus pollas. Aunque sabía que no vería muchos, ya que siendo invierno y mitad de semana, no habría muchos dando vueltas.
No se equivocó. Las calles parecían bastante desiertas. De todos modos, con el Grindr en mano, él iba caminando las calles, a ver si había algún macho ineresado. No parecía haberlo. La frustración empezó a crecer en él. Estaba a punto de darse por vencido, acercarse a comprar un Kebab para llevar e irlo comiendo de vuelta al metro, cuando se acordó que en la calle Calabria había un local de cruising, de los más conocidos. En poco más de una hora cerraría. Así que si iba a entrar, se debía dar prisa.
No se sentía cómodo en esos lugares realmente, pero un sumiso le había dicho que de vez en cuando encontraba amos allí. Pensó que no perdía nada con intentarlo. Sin embargo, al llegar casi a la puerta, se arrepintió. Comenzó a pensar que gastaría dinero en la entrada para nada, que no encontraría nadie que se le acercara, salvo chicos ofreciendo sus servicios varios, o hombres que no eran lo que él buscaba. Era lo que le había pasado antes allí. Es lo que le suele pasar en general.
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