Escrito por: Patxus
El sótano del chalet olía a hormigón, a cuero y a verdad. Patxus había retirado las velas, el aceite, las toallas calientes. Solo quedaba la cama de cuero desnuda, el flogger de tiras anchas colgado en la pared, y la silla de madera en el centro, bajo la única bombilla que iluminaba la estancia.
Los cuatro estaban de rodillas frente a él. Desnudos. Con los collares puestos. Javier con el negro de cuero liso. Marta con el rojo de pinchos que le mordían la piel blanca del cuello. Ana con el dorado que decía PUTA DORADA. Y Juanan con el nuevo, de cuero marrón sin remaches, que Patxus le había puesto esa misma noche sin decir palabra.
No había música. No había caricias previas. No había ritual de calentamiento. Patxus estaba sentado en la silla, con las botas plantadas en el suelo, los antebrazos sobre los muslos, el flogger en la mano derecha, balanceándolo ligeramente. Su rostro era una máscara de calma absoluta. Eso era lo más aterrador.
—He sido paciente —dijo, con la voz grave, medida, sin rastro de ira—. He sido vuestro Amo, vuestro castigo y vuestro consuelo. Os he dado placer cuando lo merecíais y dolor cuando lo necesitabais. He cuidado de vosotros como se cuida lo que es valioso.
Hizo una pausa. El silencio se espesó.
—Pero hay algo que no me habéis contado. Y lo sé. Un Amo huele la mentira antes de que salga de la boca de sus sumisos. Huele el miedo a ser descubiertos. Huele el secreto que se pudre debajo de la sumisión.
Miró a Juanan. Después a Ana. Después a Marta. Y por último a Javier.
—Marisa Ibarrola. Esa vecina que ha cuidado de vuestro perro, esa mujer menuda de caderas anchas y melena castaña que trajo a Cani al porche hace unos días. Esa que se fue temblando, con las mejillas encendidas y las piernas apretadas después de oírme hablar.
Los cuatro bajaron la mirada. Ninguno dijo nada.
—Y Cani —continuó Patxus, saboreando la palabra—. Ese perro que duerme bajo la higuera. Ese Border Collie que todos tratáis como si fuera un miembro más de la familia.
Se levantó. El flogger rozó el suelo con un susurro de cuero.
—Yo no he venido aquí a jugar. He venido a construir algo verdadero. Y no puedo construir nada sobre cimientos podridos. Así que esta noche vamos a hacer algo distinto. Esta noche no hay sesión. Esta noche hay confesión.
Se detuvo frente a Juanan. Le levantó la barbilla con dos dedos, obligándole a mirarlo.
—Veinte preguntas. A cada uno. En orden: tú Juanan, luego Ana, luego Marta, y por último mi ALFIL, Javier. Por cada pregunta, un latigazo. Por cada respuesta que me parezca mentira, otro latigazo y una mejor explicación. Quiero desnudar vuestra alma. Quiero saber qué sentís. Qué deseáis. Qué teméis. Y quiero que cada respuesta salga de lo más profundo de vuestro ser. Sin escudos. Sin mentiras. Sin tapujos.
Soltó la barbilla de Juanan y volvió a la silla. Se sentó. Cruzó las piernas. Apoyó el flogger sobre la rodilla.
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