Escrito por: DominanteBorde
Hace dos años, la noche antes de Nochebuena, yo estaba en mi piso preparando la cena del día siguiente cuando sonó el timbre. Era Manolo, mi vecino del cuarto, un hombre de 71 años con el pelo canoso, los ojos claros, algo de tripa cervecera y vello justo donde toca. Venía a traerme un queso manchego y una botella de reserva, «para que brindes a mi salud».
Abrimos la botella, corté el queso y charlamos un buen rato. Entre copa y copa, Manolo me confesó lo que yo llevaba meses sospechando. Se había fijado en cómo lo miraba en el ascensor, y a él también le apetecía. Nos quedamos callados un momento, y entonces me propuso un juego.
– Esta noche mandas tú –me dijo–. Yo me dejo hacer, pero con una condición. Si digo «turrón», paramos en seco. ¿Trato hecho?
– Trato hecho –le contesté, y le di la mano como quien firma un contrato.
Lo llevé al dormitorio. Le fui desabrochando despacio la camisa de cuadros rojos y negros, de camionero, y luego le saqué la camiseta interior blanca. Apareció su pecho lleno de pelo gris. Él sonreía, sin prisa, y me dejaba hacer. Le quité el cinturón, le bajé la cremallera y le saqué el pantalón marrón. Con el último tirón salieron los zapatos, y se quedó con sus calcetines gris claro con rayas blancas y la puntera y el talón blancos, que me volvían loco, y con unos bóxers blancos de puntitos negros.
– ¿Sigo? –le pregunté.
– Sigue, que para eso hemos hecho el trato.
Le quité los bóxers y le dejé solo los calcetines puestos. Me desnudé y me tumbé a su lado. Lo abracé, le besé el pecho y bajé la mano hasta su polla. Al principio le costó despertar, por la edad y por el vino, pero Manolo me guiaba con la mano en mi nuca y me decía «así, chaval, así». Se la mamé despacio, con paciencia, hasta tenerla dura del todo, mientras él se retorcía de gusto y me acariciaba el pelo.
Cuando noté que estaba cerca, paré y lo miré.
– Ahora vas a esperar hasta que yo te diga –le dije.
Él soltó una carcajada ronca.
– Mandas tú.
Lo tuve así un rato, jugando con él, acercándolo y frenándolo, hasta que me suplicó. Entonces volví a metérmela en la boca, y esta vez no paré. Manolo se corrió con un gemido largo, agarrado a las sábanas. Luego me tumbó boca arriba y me devolvió el favor con una mamada lenta y cariñosa, hasta que yo también terminé.
Nos quedamos abrazados, sudados, con los calcetines todavía puestos. A lo lejos se oían villancicos del vecino de abajo.
– ¿Sabes lo mejor? –me dijo antes de dormirse sobre mi pecho–. Que mañana en la cena voy a estar sentado enfrente de ti, y solo nosotros sabremos por qué sonreímos.
Desde entonces, cada 23 de diciembre suena el timbre a la misma hora. Él trae el queso y yo pongo el vino.
Nochebuena con Manolo
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