Escrito por: DominanteBorde
Julián llevaba años viviendo solo en el último piso de aquel bloque viejo de ladrillo, con su sillón orejero, sus discos de boleros y una costumbre casi militar de cenar a las nueve. A sus sesenta y ocho años seguía siendo un hombretón: un metro noventa, espalda de estibador, manos grandes y un vello gris que le asomaba por el cuello de la camisa. Y sus cinco vecinos lo sabían bien.
Eran Ramón, el del segundo, barba cerrada y barriga de buen comer; Tomás y Andrés, la pareja del tercero, dos armarios peludos que rondaban los sesenta; Paco, el camionero jubilado del primero, con unos brazos como troncos; y Luis, el más joven, cincuenta y dos años de pecho ancho y sonrisa canalla. Llevaban meses tirándole los tejos en el ascensor, en el portal, en las cenas de la comunidad que siempre terminaban en casa de alguno con una botella de orujo encima de la mesa.
Fue en una de esas noches, con la lengua suelta por el vino, cuando Julián confesó lo que nunca había dicho en voz alta.
—Siempre he fantaseado con que me pillen por sorpresa —dijo, mirando el fondo del vaso—. Que me aten, que me venden los ojos y que me tomen entre varios. Toda una noche. Como una emboscada.
Hubo un silencio largo. Luego Ramón dejó el vaso en la mesa con mucha calma.
—Pues eso se puede organizar, Julián. Pero bien organizado.
Y lo organizaron. Se sentaron los seis alrededor de la mesa de la cocina como si prepararan una reunión de vecinos, y pusieron las normas en un papel: una palabra de seguridad, «otoño», que lo pararía todo al instante; nada de drogas; ni cámaras ni móviles en la habitación; nada de apretar el cuello ni de hacer nada peligroso. Él sería siempre el activo; nadie le penetraría. Eligieron la fecha: un sábado de finales de septiembre. Julián firmó el papel con una letra temblorosa que no era de miedo.
Aquel sábado, a las diez y media, sonó el timbre.
Julián abrió en camiseta y pantalón de pijama, fingiendo una sorpresa que le salió regular, porque el corazón le iba a mil. Antes de que pudiera decir nada, Paco y Luis ya lo habían agarrado por los brazos y Ramón cerraba la puerta a sus espaldas.
—Buenas noches, vecino —dijo Tomás con una sonrisa de lobo—. Venimos a cobrar la derrama.
Julián soltó una carcajada y forcejeó lo justo para sentir la fuerza de aquellas manos. Entre los cinco lo levantaron en volandas —a él, con sus casi cien kilos— y lo llevaron por el pasillo entre risas y tropiezos, hasta dejarlo caer sobre la cama de matrimonio, que crujió como un barco.
Lo desnudaron sin prisa pero sin pausa. La camiseta voló por encima de su cabeza; el pantalón bajó arrastrado por Andrés, que se detuvo al llegar a los pies.
—Los calcetines se quedan —ordenó, acariciando el algodón beige con el pulgar—. Me gustan así.
Julián quedó tendido, enorme y desnudo salvo por aquellos calcetines de abuelo, con la polla ya medio dura contra el vientre peludo. Luis sacó de una bolsa unas cuerdas...
Los vecinos osos
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