Escrito por: Markymn
—Buenos días.
Nada más. La máquina del café, dos bromas con los de al lado, y a su mesa. Como si no hubiera pasado nada. Como si no hubiera sido él quien le puso el látex y le dejó las marcas en la cadera.
Y eso fue lo peor. Gabriel se pasó el lunes entero mirando la puerta del despacho, esperando una mirada, un gesto, cualquier cosa. Nada. Carlos trabajaba, hablaba por teléfono, se reía con los otros. Gabriel volvió a casa con el cuerpo raro, como si le hubieran vaciado de algo.
Los guantes los vio el martes, por casualidad. Había bajado a copiar unos papeles y al volver oyó un chasquido al fondo del pasillo. La puerta del despacho de Carlos estaba entreabierta. Se paró.
Carlos estaba sentado, con el bote de lubricante abierto en la mesa y un par de guantes negros de látex delante. Se puso uno. Se puso el otro. Y después se los fue engrasando, despacio, dedo por dedo, hasta que le brillaron.
En teoría era para bajar al almacén. Todos lo sabían: Carlos se ponía los guantes y bajaba a mover cajas cuando nadie quería hacerlo. Pero no bajaba. Se quedaba sentado, con las manos brillando sobre la mesa, mirándoselas.
Gabriel se fue corriendo.
El miércoles volvió a pasar por el pasillo. El jueves también. El viernes ya no se escondía tanto: se quedaba apoyado en la esquina, con la carpeta en el pecho, mirando por la rendija. Y Carlos se dejaba mirar. Se engrasaba de frente a la puerta, sin prisa, pasándose el pulgar por los nudillos, como si no hubiera nadie al otro lado. Sabía que estaba ahí desde el primer día. Y por eso lo hacía cada tarde a la misma hora.
No le decía nada. No hacía falta.
El lunes siguiente Gabriel estaba en la rendija otra vez, con la respiración corta, cuando la puerta se abrió de golpe.
Carlos, con los guantes puestos y brillando, le miró a la cara. No se enfadó. No le pidió explicaciones. Solo le sostuvo la mirada un segundo y le dijo, corto:
—Esta tarde vente a mi casa. Hoy te engraso yo a ti.
Y cerró la puerta.
Gabriel se quedó de pie en el pasillo, con la carpeta temblando en la manos, sin saber qué hacer con la cara.
A las siete estaba en el rellano. Llamó. La puerta se abrió y Carlos estaba de pie con el traje completo puesto, negro, apretado, engrasado hasta el brillo bajo la luz del pasillo. Le hizo pasar con la mano.
—Entra.
En el salón, sobre la mesa, había dos rayas ya puestas.
Gabriel se quedó mirándolas.
—Una para empezar —dijo— y otra para que el látex me entre mejor, ¿no?
Carlos sonrió.
—Sí. Eso es.
Le acercó el vaso de zumo. Gabriel lo cogió y bebió, y el zumo tenía un fondo amargo que no era de la naranja, era del GHB, y a los pocos minutos las piernas le pesaban un poco y la cabeza le iba más despacio. Carlos le puso la mano en la nuca y le llevó a la habitación.
En la cama, alineadas, estab...
El Amo Carlos, látex y la maricona (3)- Escaparate
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