Escrito por: Machmua
Noche tras noche, aquella extraña obsesión crecía dentro de mí hasta ocupar un espacio que ya no podía ignorar. Lo que al principio había sido una fantasía nocturna terminó convirtiéndose en una necesidad secreta. Durante el día intentaba comportarme como siempre, pero bastaba con quedarme solo para que aquellas imágenes regresaran.
Internet terminó siendo la puerta.
Al principio buscaba únicamente aquello que alimentaba mis sueños. Después empecé a buscar algo más. No quería seguir siendo un espectador. Cada imagen me dejaba con la sensación de estar contemplando desde fuera una vida que, de alguna manera inexplicable, sentía que debía ser la mía.
Hasta que encontré aquella página.
Era un lugar extraño, casi clandestino, donde hombres adultos se presentaban como amos o sumisos y hablaban abiertamente de fantasías que yo jamás me había atrevido a pronunciar en voz alta.
Escribí mi presentación con las manos temblorosas.
Después subí unas fotografías.
Durante varios minutos contemplé la pantalla, arrepentido. Pensé en borrar todo aquello y fingir que nunca había sucedido. Entonces comenzaron a llegar los mensajes.
Uno tras otro.
Algunos eran demasiado jóvenes. Otros me resultaban desagradables o simplemente no despertaban en mí ninguna curiosidad. Yo buscaba hombres maduros, seguros de sí mismos, hombres cuya presencia pudiera hacerme sentir que estaba entrando realmente en aquel mundo que hasta entonces solo había existido en mis sueños.
Y entonces apareció él.
Su perfil era diferente.
No necesitaba exagerar nada. Escribía poco, con una seguridad casi inquietante. Decía ser profesional y tener un espacio privado dedicado exclusivamente a encuentros de dominación. Cuando comenzamos a hablar, descubrí que conocía perfectamente aquel universo que para mí todavía era territorio desconocido.
Una noche me envió algunas fotografías de su mazmorra.
Las observé durante largo rato.
No parecía un lugar improvisado. Todo estaba dispuesto con una precisión casi clínica: cadenas, cuerdas, estructuras metálicas, cruces, ganchos, camas y una colección de objetos cuya finalidad preferí no preguntar demasiado.
Él, en cambio, parecía disfrutar explicándomelo todo.
Me habló de las reglas.
De los límites.
De la confianza.
De la palabra que debía utilizar si quería detener cualquier cosa.
Y, curiosamente, aquello fue lo que terminó de convencerme.
Porque detrás de aquella fachada de brutalidad había algo que yo necesitaba: la certeza de que, por una vez, podía abandonar el control sin perderlo completamente.
Hablamos durante semanas.
Cada conversación aumentaba mi impaciencia. Cada fotografía hacía más difícil convencerme de que aquello era una locura pasajera.
Finalmente acordamos las condiciones del encuentro.
Después fijamos el día.
Cuando cerré aquella c...
Mi amo
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