Escrit per: Maduro_Hot
Estoy divorciado desde hace cinco años. Los tres primeros años después del divorcio no tuve ninguna relación, ni sentimental ni sexual. No buscaba a nadie y, sinceramente, tampoco echaba de menos tener a alguien a mi lado. Me acostumbré a estar solo y llegué a sentirme cómodo con ello.
Fue durante mi cuarto año de divorciado cuando conocí a Erik.
Ahora, mientras recuerdo todo aquello, han pasado ya dos años desde aquel primer encuentro. Dos años que cambiaron muchas cosas en mi vida y que, si alguien me hubiera contado entonces cómo iban a suceder, probablemente no lo habría creído.
En lo sexual, siempre me había definido como hetero-flexible o, quizá, bisexual. Nunca me preocupó demasiado ponerle una etiqueta a mis deseos. Para mí era sencillo: me atraía una persona, independientemente de que fuera hombre o mujer, cuando conseguía despertar algo en mí.
Pero hasta entonces nunca había sentido que un hombre pudiera alterar realmente mi manera de ver las cosas.
Hasta que apareció Erik.
Lo conocí un viernes, durante una comida de empresa organizada para presentar al nuevo directivo que asumiría el cargo de director de la zona de Catalunya. Era una de esas comidas con altos directivos y algunos delegados de zona. Yo era uno de ellos.
Y aquel viernes, sin saberlo, estaba a punto de comenzar una historia que todavía hoy, dos años después, sigo intentando comprender.
Erik tenía sesenta años y era alemán. Alto, muy alto —rozaba el metro noventa—, de cuerpo fibrado y una presencia que imponía desde el primer momento. Tenía la piel morena, como si el sol formara parte habitual de su vida, los ojos marrones y el pelo canoso, especialmente en las sienes y las patillas, que llevaba rasuradas muy cortas. Un bigote completamente blanco terminaba de darle un aspecto rotundo, masculino, casi intimidante.
No era simplemente un hombre atractivo. Había algo en él que hacía difícil ignorarlo.
Después de comer, varios de nosotros nos apartamos para charlar sobre cómo podían afectar a nuestro trabajo los cambios que la empresa había propuesto. La conversación era profesional, al menos en apariencia.
Porque yo había empezado a notar otra cosa.
Erik no dejaba de mirarme.
Al principio intenté convencerme de que era una impresión mía. Quizá simplemente estaba pendiente de todos los delegados, intentando conocer a su nuevo equipo.
Pero no.
Aquella mirada se repetía una y otra vez.
Era fría. Dura. Directa.
Y, al mismo tiempo, tenía algo que me desconcertaba: una especie de seguridad controladora que hacía que, cuando sus ojos se encontraban con los míos, me resultara difícil apartar la mirada.
No sabía por qué me miraba así.
Y, sobre todo, ...
Mi historia con Erik (1)
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