Escrit per: DOMpleasure
Pero eso no sucedió. Apenas pudo echar ojo en toda la noche.
Y para su condena, nada mejoró los siguientes días.
El orden milimétrico que Guillermo tanto se había esforzado por mantener en el ático como en su vida se desmoronó por completo en apenas horas, devorado por una presencia masiva que parecía expandirse con cada rincón que tocaba. No hubo un aviso previo ni una transición amable; el silencio sepulcral del piso fue sustituido de golpe por el eco de unos pasos pesados, un pasotismo que chocaba de frente contra los manuales de integración social de su doctorado y un cuerpo tan voluminoso y grande como magnético que se paseaba como si él mismo hubiera construido el espacio.
Vik no se adaptaba al entorno; obligaba al entorno a orbitar a su alrededor, arrastrando consigo una energía cruda y carcelaria que convertía la pulcritud de la casa en algo sucio pero hipnótico.
Con los primeros ruidos de la calle, Guille se desperezó y decidió comenzar su día. Al despertador aún le quedaban dos horas para ensordecer la pequeña habitación con su estridente rudio, pero llevaba horas dando vueltas así que decidió que las 7.20 era una buena hora para comenzar el día.
La ropa aun agrupada por columnas en el suelo, otras en el armario pequeño que había instalado, le recordaba que su casa seguía mancillada.
Aprovechó el silencio de la casa y que Viktor seguía dormido para darse una ducha. Su instinto animal lo llevó a agarrarse la polla bajo el agua templada y pronto su miembro alcanzo los 17 centímetros. Notó como la mano masturbaba enérgicamente la punta mientras su mente recordaba el musculoso cuerpo del preso, su olor a sudor y su esencia preseminal…
—Qué te pasa Guillermo. Para —Se dijo a sí mismo soltando su miembro como si se tratara del mismísimo diablo—. No te puedes dejar llevar por esto. Tú no eres esto —se repetía una y otra vez.
Decidió salir de la ducha y vestirse con una camisa de rayas y unos pantalones blancos. Hasta las 9.30 no tenía que estar en su despacho de la universidad, así que decidió ir con tranquilidad.
El desayuno era su momento del día. sin embargo, en el que se relajaba y organizaba de verdad. Pero desde aquella mañana nada iba a ser igual.
Mientras disfrutaba de un libro y un sano desayuno de aguacate y salmón con cereales, su móvil empezó a sonar. Su madre.
Hacía años que se había acostumbrado a que su madre le llamara a diario. Ella lo tachaba de amor maternofilial. Él tenía una idea bastante diferente.
—Sí, mamá, todo va bien en el piso... —decía Guille con voz tensa, forzando una sonrisa que nadie veía—. No, to...
EL RECLUSO: Código Carcelario (Cap. 2)
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