Escrito por: Markymn
Hacía años que Carlos vivía en una casa que no le pertenecía. La había comprado en plena luna de miel, con la hipoteca a su nombre y la firma de su mujer al lado, y desde entonces no había hecho más que pagarla, mantenerla y perderse dentro de ella. Cuarenta años tenía, un traje azul marino que le iba un poco justo, una corbata que se quitaba nada más entrar por la puerta, y un matrimonio que había dejado de ser una cosa y se había convertido en un trámite. Dormían en camas separadas desde hacía tres años. Algunas noches se miraban por el pasillo, sin decirse nada, como dos inquilinos que se hubieran equivocado de piso.
Nunca había sido un hombre especial. No tenía la clase de su padre ni la ambición de la gente que triunfa. Era un hombre normal, de los que existen para que las casas no se caigan, para que las facturas se paguen a tiempo y las cortinas se echen cuando se hace de noche. Trabajaba en una oficina a la que iba por costumbre, no por gusto, y volvía a una casa donde lo último que se oía era el ruido de su mujer viendo la televisión en el salón. A veces, en el coche, con la radio apagada, se quedaba mirando la autopista y pensaba: ¿esto es todo? ¿Esto es lo que me toca?
La pregunta le duró hasta una noche de noviembre, cuando el ordenador se le quedó congelado y lo llevó a arreglar a una tienda en la que vendían ropa interior masculina, cuadernos y unos aparatos raros que él no sabía qué eran. Ahí lo vio por primera vez.
Veinte años tenía el becario, y le sobraba de todo. Rubio castaño, con el pelo peinado hacia un lado y esa cara de niño bueno que escondía una sonrisa de cabrón. Llevaba una camiseta blanca ajustada, unos vaqueros tan ceñidos que se le veía hasta la religión, y un culo enorme que no le cabía en los pantalones. Carlos lo miró arreglar su ordenador y se dio cuenta de que llevaba años sin ver un cuerpo joven de cerca. El chaval, con una paciencia fingida, le explicó que el disco duro estaba muerto y que le iba a costar un dineral. Carlos le dijo que sí a todo con la boca seca.
El becario le cobró de más, se lo cobró sabiendo que le estaba cobrando de más, y cuando Carlos le dio la tarjeta, el chaval le cogió la mano y se la apretó un poco, sin hacer nada más, como quien prueba a ver qué pasa. Carlos no durmió esa noche.
Empezaron a verse por el negocio, con excusas que a ninguno de los dos le colaban. Carlos compraba cuadernos que no necesitaba, slip blancos que no usaba, un bálsamo de labios que no le servía de nada, con tal de cruzar la puerta y ver a ese chaval con los vaqueros ceñidos y la camiseta blanca manchada de sudor. El becario, que lo veía venir desde el primer día, lo dejaba gastar. Y un día, sin más, mientras Carlos pagaba en la caja, se le acercó a la oreja y le dijo bajito:
"Vente esta noche a mi casa. Te voy a quitar ese traje que te queda mal."
Carlos fue. Dejó el coche aparcado a dos calles, por si lo veía algún vecino, y subió la escalera con el corazón en la...
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