Escrito por: machoexperto
—Escúchame bien, porque esto solo se dice una vez.
Noté el peso del colchón hundirse a mi lado. Me agarró del pelo y me obligó a ponerme de rodillas, mirándole a la cara. La correa seguía apretada alrededor de mi cuello, tirando de ella con la mano como quien pasea a un animal.
—A partir de hoy ya no eres un tío. No eres un libre, no eres un maricón cualquiera. Eres mi propiedad. Mi perra. Mi retrete. —Me escupió en la cara, una escupida gruesa que me resbaló por la mejilla—. Y las propiedades no hablan a menos que se les hable. Las propiedades no se mueven a menos que se les mande. Las propiedades abren la boca cuando el amo necesita un sitio donde mear, y cierran el culo cuando el amo les dice que no lo quieren abierto. ¿Me estás entendiendo, perra?
Tragué saliva, con la cara ardiendo por la bofetada que aún me escocía.
—Sí, Amo.
Él me soltó otra galleta, esta vez más fuerte, y mi cabeza dio contra el colchón.
—Se dice: "Sí, Amo, gracias por enseñarme mi sitio."
—Sí, Amo... gracias por enseñarme mi sitio —repetí como un eco, temblando, con la polla dura otra vez a pesar del dolor.
Ángel se rio, una risa corta y seca, de macho que sabe que tiene el control.
—Eso está mejor. —Me pasó la mano por la cara, sin cariño, como quien examina un perro de exposición—. Y ahora, para que no se te olvide quién manda, vas a hacer algo por mí.
Se levantó, se colocó delante de mí y me apuntó con la polla a la cara, todavía chorreando una mezcla de saliva y restos de mi culo.
—Limpia tu trabajo, zorra. Con la lengua. Hasta que me brille.
Me abalancé sobre su verga como un animal hambriento, lamiéndola entera, tragando cada resto de mi propio rastro, cada gota de su lefa, cada olor a macho acumulado. Él se quedó quieto, con las manos en la nuca, disfrutando del espectáculo mientras yo lamía como una desesperada.
Cuando terminé, él me agarró de la mandíbula y me obligó a mirarle a los ojos.
—Esta noche duermes en el suelo, al pie de mi cama, con la correa puesta y atada a la pata. Mañana, cuando me levante, lo primero que harás es saludarme de rodillas y beberte mi primera meada del día. Y pasado mañana, y todos los días que yo decida que sigues siendo útil. —Me soltó y me señaló el rincón—. Ahí. Y si te oigo respirar más fuerte de lo que yo permito, te doy una paliza que te va a recordar quién te ha hecho este favor.
Me arrastré hasta el rincón con la correa arrastrando, me tumbé en el suelo frío con la mejilla pegada a la madera y me quedé quieto como un buen animal. Desde allí oía su respiración, el crujido de la cama cuando se tumbó, el silencio de la noche.
Y cuando apagó la luz, solo se oyó mi voz, bajita, casi un susurro:
—Gracias, Amo. Gracias por hacerme tuya.
Él no respondió. No hacía falta. El golpe seco de la correa contra el suelo fue su úni...
POR FIN ENCONTRÉ MI LUGAR: SER LA ESCLAVA GUARRA DE UN MACHO DE VERDAD: SEGUNDA PARTE DEL RELATO DEL PRIMER ENCUENTRO
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