Escrito por: machoexperto
PRIMER ENCUENTRO
Por fin lo entendí, joder. Después de tantos años fingiendo ser un tío normal, por fin encontré mi verdadero sitio en este mundo: ser la perra esclava de un macho de verdad. Se llama Ángel y es exactamente lo que siempre había soñado: un cabrón arrogante, sin piedad, guarro hasta la médula y con una polla que parece hecha para romper culos y humillar a maricones como yo.
Mi vida cambió el día que lo conocí. Yo era un puto libre, pero por dentro me moría por que un macho me convirtiera en su propiedad, en su retrete, en su juguete sexual sin derechos. La primera vez que quedamos apenas sabía nada de sumisión de verdad. En menos de media hora ya me tenía completamente dominado. Me miraba como si yo fuera una mierda y eso me ponía como una perra en celo. De repente, mientras me estaba usando, me soltó con esa voz de macho cabrón:
—Quiero mear. Y no voy a usar el cuarto de baño. Abre la puta boca.
Me quedé congelado, sin saber qué decir. Su respuesta fueron dos galletas brutales que me cruzaron la cara. La mirada de puro desprecio que me echó fue suficiente para que me pusiera de rodillas como un perro. Fui al baño, me arrodillé dentro de la ducha y abrí la boca temblando.
Ángel se acercó, sacó su guebo gruesa y empezó a soltar un chorro larguísimo, caliente y amarillo. Me llenó la boca hasta que se me salía a chorros. Tragué como pude, tosiendo, ahogándome, con el olor fuerte de su meada concentrada metiéndose por la nariz. Cuando terminó me agarró del pelo, me escupió varias veces en la cara y me obligó a tragar su saliva espesa y creo que hasta le salió algo grueso que no era saliva.
Salí de allí oliendo a orines de macho, con la cara marcada por sus manos y el culo chorreando de lo cachondo que estaba. Desde ese día adoro sus meadas. Cuanto más abundantes y fuertes, mejor. Mi agua ahora es básicamente su pis. Bebo lo que me da y pido más como la perra que soy.
Me arrastró del pelo hasta su cuarto sin decir una palabra. El suelo frío me raspaba las rodillas mientras gateaba detrás de él como la perra que soy, oliendo todavía a su meada. Cuando llegamos, me soltó de un empujón y caí de cara contra el colchón, con el culo en pompa, temblando de ganas.
—Mira lo que tengo para ti, zorra —gruñó, y yo levanté la cabeza como una perra hambrienta.
Abrió el cajón de la mesilla y sacó una correa de perra rosada, de esas anchas de cuero de perra hembra, y un vibrador gordo y negro de esos que parecen un brazo más. Me puso la correa alrededor del cuello, apretando hasta que noté que me faltaba el aire, y me tiró de ella para obligarme a mirarle a los ojos.
—A partir de ahora, cuando quieras mi polla, me lo pides como lo que eres. ¿Cómo se pide, perra?
—A... aúllo —murmuré, y él me soltó otra galleta.
—No, idiota. Se pide enseñando el culo y moviendo el rabo. Así —me dio la vuelta de un tirón, me quitó los pantalones de un manotazo y me dejó en cueros, con el culo al...
POR FIN ENCONTRÉ MI LUGAR: SER LA ESCLAVA GUARRA DE UN MACHO DE VERDAD
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