Escrito por: minto
Pasaron semanas, Gustavo ya no recordaba con claridad cómo era levantarse solo, decidir qué comer o cuándo entrenar.
El gimnasio se había convertido en una función más de mantenimiento: iba cuando Sánchez lo ordenaba, entrenaba el cuerpo para que siguiera siendo atractivo y resistente, y volvía al calabozo. Vince seguía allí, a veces más roto, a veces recuperado, siempre disponible. Entre ellos había una hermandad silenciosa y sucia, hecha de miradas cómplices y de ayudarse a limpiar las marcas del otro.
Una noche de invierno, después de una reunión especialmente larga en la que Gustavo había sido usado por cinco hombres diferentes hasta quedar casi inconsciente, Sánchez lo hizo quedarse de rodillas en el centro del sótano cuando todos se habían ido. Vince dormía en un rincón, envuelto en una manta. Solo estaban ellos dos y el eco de la piedra.
Sánchez se sentó en la silla de siempre, se sirvió un whisky y lo miró durante un largo rato en silencio. Gustavo esperaba, desnudo, marcado, abierto, con el collar brillando bajo la luz tenue.
—Mira hacia arriba —ordenó por fin.
Gustavo levantó la cara. Los ojos de Sánchez ya no tenían la curiosidad del principio. Tenían posesión absoluta, satisfacción y algo que parecía casi orgullo.
—Ya no queda casi nada del entrenador que conocí en el gimnasio —dijo con voz baja—. Ese hombre murió hace tiempo. Lo que queda eres tú: un cuerpo entrenado, un conjunto de agujeros obedientes, una mercancía que sé exactamente cómo vender y cómo usar. ¿Lo aceptas?
Gustavo sintió que algo dentro de él, algo que había estado resistiendo en lo más profundo durante meses, se quebraba por última vez. No con un grito, sino con una entrega silenciosa y total.
—Lo acepto, amo —respondió con voz clara y rota al mismo tiempo—. Ya no soy Gustavo el entrenador. Soy lo que usted quiera que sea. Su juguete. Su mercancía. Úseme hasta que no quede nada. O préstenme para siempre. No importa.
Sánchez se levantó, se acercó y le puso una mano en la cabeza, pesada y definitiva, como quien sella un contrato.
—Bien. Entonces este es el final de lo que fuiste… y el comienzo real de lo que eres.
Lo hizo quedarse de rodillas el resto de la noche, la frente contra el suelo frío, mientras él terminaba el whisky y planeaba en voz baja las próximas semanas: nuevos hombres, nuevas casas, nuevas formas de usarlo. Gustavo escuchaba cada palabra y no sentía miedo. Solo una calma oscura y absoluta.
Cuando la luz del amanecer empezó a filtrarse débilmente por la pequeña ventana enrejada del sótano, Gustavo seguía en la misma posición. El collar le pesaba en el cuello como la única verdad que le quedaba. Afuera, el mundo seguía girando. Adentro, él ya no pertenecía a ese mundo.
Había sido iniciado. Había sido roto. Había sido convertido.
Y por primera vez en mucho tiempo, no quería que nada fuera de otra manera. El frío de la piedra se le había metido en los huesos, pero ya n...
Capítulo XI (Final)– El final de lo que fui
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