Escrito por: Ferbel
Fernando pataleó con desesperación, golpeando la mano de Alfredo con el pie libre, intentando zafarse. Pero el movimiento le hizo perder el equilibrio sobre la rama: sus manos resbalaron de la corteza, su cuerpo se inclinó hacia atrás, y por un instante sintió el vacío, el aire, el mundo girando.
Cayó.
Alfredo lo atrapó a medio camino, con un brazo fuerte alrededor de su cintura, deteniendo la caída justo antes de que su cabeza golpeara el suelo. Fernando quedó colgando en sus brazos, temblando, y luego sintió cómo Alfredo lo soltaba con violencia, dejándolo caer de espaldas contra el césped.
El golpe le sacó el aire. Fernando se quedó ahí, aturdido, con los ojos abiertos, mirando el cielo, sintiendo el dolor en la espalda, en los costados, y sobre todo el miedo, ese miedo paralizante que le impedía moverse.
Alfredo se quedó de pie sobre él, respirando fuerte, con los brazos caídos. Su sombra cubría el cuerpo de Fernando.
—¿Ves lo que pasa, hijo? —dijo, con la voz ronca, cargada de una furia fría—. No tienes ninguna opción. No hay escapatoria. No hay salida. Y ahora te vas a enterar de lo que pasa cuando se me desobedece. Y entonces cogió el cinturón del pantalón, lo dobló por la mitad y se acercó.
La primera correa cayó sobre el costado de Fernando con un chasquido seco que le arrancó un grito ahogado. La segunda, sobre los muslos. La tercera, sobre la espalda, a través del uniforme. Cada golpe dejaba una marca ardiente, y Fernando se retorcía en el suelo, con los dientes apretados, con los ojos llenos de lágrimas.
Pero no suplicó. Esta vez no. Algo dentro de él, en algún rincón oscuro y jodido de su cabeza, se había roto, y en lugar de gritar "por favor", se limitaba a aguantar, a temblar, a cerrar los ojos y esperar a que acabara.
Alfredo soltó el cinturón. Se acercó, se colocó sobre él, y Fernando sintió un chorro caliente que le empapaba el uniforme, la cara, el pelo. Orina. Alfredo lo estaba orinando encima, de pie, mirándolo desde arriba, con una expresión de satisfacción absoluta.
—Esto es lo que te mereces por portarte tan mal —dijo Alfredo, con la voz tranquila, mientras el líquido caliente corría por el uniforme de Fernando—. Desde este momento, solo serás una puta para mí. Nada más. Ni estudiante, ni niño bueno, ni nada. Una puta. Y las putas no huyen.
Fernando se quedó quieto, empapado, oliendo su propio olor y el de Alfredo mezclados, sintiendo el calor del líquido enfriarse sobre su piel. No respondió. No podía. Solo miraba al cielo con los ojos vacíos.
Alfredo lo agarró del pelo, con fuerza, y lo arrastró hacia la casa. Fernando aulló de dolor, arañando el suelo, intentando seguir el ritmo de los tirones para que no le arrancaran el cuero cabelludo, con las rodillas raspándose contra el pavimento.
Dentro, Alfredo lo tiró sobre la alfombra y le arrancó el uniforme con violencia: la camisa, los pantalones, la ropa interio...
Cómo perdí La Virginidad Parte 13 y 14
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