Escrit per: rd5bwtm9
Fernando miró a Alfredo un largo segundo, buscando en su cara una rendija de piedad que no iba a encontrar. Con las manos temblando, empezó a desabrocharse la camisa del uniforme. Botón a botón, despacio, como le habían ordenado. La dejó caer al suelo. Luego el pantalón, bajándolo por las caderas, por los muslos, hasta que solo quedó la trusa blanca, ajustada, marcando lo poco que su cuerpo se atrevía a mostrar.
Alfredo no dijo nada. Solo miró, con los brazos cruzados, disfrutando del espectáculo de aquel chico desnudándose para él, asustado, obediente.
—Los calcetines también —ordenó.
Fernando se agachó a quitárselos, pero Alfredo levantó una mano.
—No. Quieto. Esos me los quito yo.
Alfredo se arrodilló frente a él —algo que sorprendió a Fernando—, pero no para ponerse a su altura: para quitarle los calcetines blancos con sus propias manos, despacio, uno a uno. Se los llevó a la nariz y aspiró hondo, cerrando los ojos con una sonrisa de puro vicio.
—Huelen a chico limpio —dijo, guardándose uno en el bolsillo como un trofeo—. Me lo quedo. Para más tarde.
Fernando sintió la cara arder de vergüenza, pero no dijo nada. Estaba en calzones, de pie en la sala de aquel hombre, con el cuerpo expuesto y el miedo atenazándole el pecho.
—Ahora —dijo Alfredo, señalando el suelo—. De rodillas.
Fernando dudó. Recordó la amenaza de antes, la fuerza con la que lo había empujado contra la pared, y no quiso arriesgarse a que le hiciera daño otra vez. Se dejó caer de rodillas, despacio, en el suelo frío de la sala, frente al hombre maduro que lo miraba desde arriba con los ojos brillando de deseo.
—Buen chico —murmuró Alfredo, y sacó algo del bolsillo de atrás del pantalón.
Un collar negro, de cuero, con una anilla dorada. Y enroscada en su mano, una correa.
Fernando lo vio y el aire se le cortó en la garganta. Negó con la cabeza, sin palabras, pero Alfredo no le dio tiempo a protestar: se inclinó, le rodeó el cuello con el collar y lo abrochó con un clic seco que sonó como una sentencia. Luego enganchó la correa a la anilla y tiró de ella, suave pero firme, obligándole a levantar la cara.
—A partir de este momento —dijo Alfredo, mirándolo a los ojos, con la correa tensa en la mano—, eres mi putita. Mi perrito. Haces lo que yo diga, cuando yo lo diga. Y si te portas bien, igual algún día te ganas el vídeo. ¿Entendido?
Fernando sintió el cuero apretándole el cuello, la correa tirando de él, la mirada de aquel hombre viril y seguro clavada en la suya. El miedo le corría por las venas, sí. Pero algo más, algo que no se atrevía a nombrar, le estaba subiendo desde el estómago, caliente y traicionero.
Porque nunca en su vida había estado tan cerca de un hombre así. Tan grande, tan dominante, tan seguro de lo que quería. Y una parte de él, la parte que había estado escondida toda su vida, estaba despertando con una fuerza que lo asustaba más que...
Cómo Perdí La Virginidad Parte 7 y 8
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