Escrito por: rd5bwtm9
Fernando estaba en su cama, con la puerta cerrada, los audífonos puestos, cuando el teléfono vibró. Vio el nombre en la pantalla —Alfredo— y el corazón se le hundió hasta los pies. Quería borrarlo. Quería romper el teléfono. Quería no haber existido nunca.
Pero abrió el mensaje.
Era el vídeo. La imagen congelada lo delataba: él mismo, de rodillas, el uniforme del colegio a medio desvestir, la cara manchada, los ojos rojos. No hizo falta apretar play para sentir el estómago revolverse. Lo borró del teléfono con el dedo temblando, como si eso pudiera borrarlo del mundo.
Debajo, el texto.
"Mañana te espero después de clases en mi casa. Si no quieres que tus compañeros de clases se enteren de lo que haces conmigo, vas a cumplir las siguientes instrucciones:
Le vas a decir a tus papás que mañana te vas a quedar a dormir en la casa de un amigo. Les vas a pasar mi número de celular y les vas a decir que soy el papá de tu amigo, que me pueden marcar si tienen alguna pregunta. Mañana vas a venir bien bañado, con trusa blanca y calcetines blancos. Vas a traer tu mejor actitud, porque mañana vas a perder tu virginidad."
Fernando leyó el mensaje tres veces. Cuatro. Cada palabra le caía como una losa. Se quedó mirando la pantalla hasta que se le nubló la vista y tuvo que parpadear para volver a enfocar.
Quería gritar. Quería contárselo a su mamá. Quería decirle a alguien que lo estaban amenazando, que no había querido nada de eso, que era una víctima. Pero entonces pensó en la escuela. Pensó en sus compañeros. Pensó en cómo lo mirarían, en los chistes, en los apodos, en la vergüenza de la que no podría escapar nunca.
No podía ser descubierto. Prefería cualquier cosa antes que eso.
Esa noche no cenó. Dijo que no tenía hambre y se encerró en su cuarto. Se quedó despierto hasta tarde mirando el techo, sintiendo el sabor que no se le iba de la boca, la mano de Alfredo todavía en su piel como una marca. Y en algún momento de la madrugada, tomó la decisión: iría. Porque no había otra salida. Porque su reputación valía más que su cuerpo.
A la mañana siguiente se levantó temprano. Se bañó como le habían ordenado, lento, frotándose la piel hasta dejarla roja, como si pudiera limpiarse lo que le esperaba. Se puso la trusa blanca y los calcetines blancos. Y se quedó un momento mirándose en el espejo del baño, con el uniforme puesto, buscando en su propia cara al chico que era antes de todo esto.
No lo encontró.
Antes de salir, se paró frente a su madre en la cocina.
—Mamá... —dijo, con la voz rara—. Hoy me voy a quedar a dormir en casa de un amigo. ¿Te parece?
Su madre levantó la vista, sonriendo.
—¿Qué amigo? ¿De la escuela?
—Sí. Se llama... bueno, su papá se llama Alfredo. Te dejo su número —dijo, escribiendo el número en un papel con la mano temblorosa—. Por si necesitas hablar con él.
Su madre cogió el papel sin darle más impo...
Cómo perdí la Virginidad Parte 5 y 6
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