Escrit per: exclavodomestico
Llevábamos meses chateando por la página de Tuamo, y cada vez que me hablaba con esa seguridad cruel yo notaba cómo me hundía más en mi propia vergüenza. Me describía lo que quería de un hombre sumiso, sin adornos, sin excusas, como si yo fuera algo que podía examinar, medir y reclamar. En las fotos salía grande, robusto, velludo, con una presencia de macho dominante que me aplastaba incluso antes de verlo.
Era la primera vez que nos veíamos y yo ya estaba roto por dentro, excitado por la posibilidad de ser puesto a prueba. Sabía que iba a exigir obediencia, humillación y entrega total, y una parte mía, la más oscura, rogaba por fallarle solo para que me castigara con más dureza.
Llegué, aparqué el coche y me quedé dentro, sudando. No podía distraerme con nadie; me conocía demasiado bien y sabía que si encontraba a algún chico de cruising el deseo me dejaría sin control. Vi otros coches llegar, hombres entrar y salir de los baños con esa misma urgencia sucia que me encendía y me avergonzaba al mismo tiempo.
Por fin llegó él; lo reconocí enseguida, idéntico al de las fotos, y bastó la forma de moverse, esa calma cruel, para hacerme sentir que ya me había poseído antes de tocarme.
Salí del coche y él entró en los baños, pero salió al momento, como si no necesitara esconder nada.
En el área, los baños masculinos tenían tres urinarios y dos aseos cerrados con puerta; me parecía un escenario miserable y perfecto, el tipo de sitio donde uno pierde el nombre y aprende a obedecer.
Yo ya estaba en la puerta y me dijo:
—Ven, entra en el aseo, desnúdate y dame tus calzoncillos. No quiero verte dudar.
Lo hice. Me desnudé allí mismo, con el corazón golpeándome en la garganta, y le entregué mis calzoncillos sin apartar la mirada del suelo. Sentía una humillación ardiente, como si cada gesto mío confirmara que mi sitio era ese: obedecer, callar y esperar.
Él los cogió y se metió al otro baño. Escuché el sonido de que estaba meando mientras yo, con la puerta abierta, seguía inmóvil, nervioso, sintiendo que todo mi cuerpo se endurecía de deseo y miedo.
Cuando terminó, el sonido de su presencia me atravesó como una orden. Salió y me devolvió mis calzoncillos, ya humedecidos, dejándolos caer en mis manos como si fueran una burla privada.
—Póntelos y no te los quites. Cuando se te sequen, mira los mensajes y me contestas.
Me los puse y me quedé allí un buen rato, tragándome la vergüenza. No sabía si salir, si esperarle, si seguir obedeciendo o desmoronarme de una vez. Sentía el cuerpo tenso, la respiraci...
Prueba de esclavo
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