Escrito por: ki5jmznh
Entonces entró él.
Alto, de hombros anchos, con un traje gris oscuro que le caía perfecto sobre el cuerpo. La chaqueta abierta dejaba ver una camisa blanca impecable, ligeramente desabotonada en el cuello, y por ahí asomaba un pecho ancho y cubierto de vello oscuro que contrastaba con el blanco de la tela. Tenía el pelo negro salpicado de algunas canas en las sienes, una barba cuidada y unos ojos profundos que recorrieron el local hasta posarse en mí. Guapo no era suficiente palabra; irradiaba una masculinidad tranquila y segura.
Se sentó en una de las mesas junto a la ventana. Me acerqué con la carta, intentando mantener la profesionalidad.
—Buenos días. ¿Qué te apetece? —pregunté.
Él levantó la vista y sonrió de medio lado, una sonrisa lenta que arrugó ligeramente las comisuras de sus ojos.
—Un espresso doble, por favor. Y si tienes algún consejo sobre el mejor croissant de la casa, te lo agradecería.
Su voz era grave, cálida, con un timbre que se sentía en el pecho. Charlamos un par de minutos sobre los croissants de mantequilla que acababan de salir del horno y sobre el clima loco de la ciudad últimamente. Me preguntó cómo se llamaba la cafetería, cuánto tiempo llevaba trabajando allí. Yo respondí, riendo un poco cuando bromeó sobre lo peligroso que era trabajar rodeado de tanto azúcar y cafeína.
Mientras preparaba su café, notaba cómo sus ojos me seguían. No era descarado, pero tampoco disimulaba. Cuando le llevé la taza y el plato, nuestras miradas se cruzaron más tiempo del necesario. Sus dedos rozaron los míos al coger la taza. El vello oscuro de sus manos y muñecas era espeso, y por un segundo imaginé cómo se sentiría bajo las yemas de los dedos.
—Gracias… —dijo, leyendo mi nombre en la plaquita del delantal— …Marco.
—Que lo disfrutes.
Se quedó unos veinte minutos. De vez en cuando levantaba la vista del móvil y me buscaba. Cuando terminó, dejó un billete en la mesa, se levantó, se abotonó la chaqueta del traje y se marchó con un gesto de cabeza en mi dirección.
Fui a recoger la mesa. La taza estaba vacía, pero dentro, escrito con el bolígrafo que usábamos para las comandas, había un nombre y un número de teléfono:
**Alejandro**
**+34 6XX XXX XXX**
Debajo, en letra firme y clara:
*Me gustó tu sonrisa. Llámame cuando salgas.*
Sentí un calor subir por el cuello y extenderse por el pecho. Guardé el número en el bolsillo del delantal antes de que nadie lo viera, con el pulso un poco m...
La cafetería
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