Escrito por: ki5jmznh
Marcos era mi amigo desde la universidad. Hetero hasta la médula, o eso decía siempre. Alto, de hombros anchos, pelo negro revuelto y una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Jugaba fútbol los fines de semana, tenía novia (aunque esa noche habían discutido y ella se fue temprano) y nunca había mostrado ni una sola señal de curiosidad por otro lado. Pero yo... yo llevaba años conteniendo esto. Lo miraba de reojo en el gimnasio, cuando se quitaba la camiseta sudada. Escuchaba su risa grave y sentía un nudo en el estómago. Era mi secreto. Mi deseo más prohibido.
Esa noche, después de que los últimos se marcharan tambaleándose, Marcos me miró con los ojos vidriosos por el alcohol y me dijo:
—Quédate, tío. No me dejes solo con este desastre. Dormimos la mona y mañana limpiamos.
Acepté sin pensarlo dos veces. Subimos a su habitación en el segundo piso. La cama king size estaba deshecha, pero era enorme. Nos tiramos los dos vestidos, riéndonos de las tonterías que habían pasado en la fiesta. Marcos se quitó la camiseta, revelando ese torso definido, los abdominales marcados por el deporte y el vello oscuro que bajaba en línea hacia sus pantalones. Mi corazón latió más fuerte.
—Joder, qué pedo llevo —murmuró, pasándose una mano por la cara—. ¿Tú estás bien?
—Más o menos —mentí. El alcohol me había soltado la lengua, pero no lo suficiente como para confesar.
Nos quedamos en silencio un rato. La luz de la lámpara de noche era tenue, anaranjada. Fuera, la lluvia empezaba a caer suave contra la ventana. Marcos se giró hacia mí, apoyando la cabeza en el brazo.
—Sabes, tío... eres el mejor. Siempre estás ahí. Las tías van y vienen, pero tú... joder, eres de los de verdad.
Sus palabras me golpearon. Había algo en su tono, una vulnerabilidad que rara vez mostraba. Me acerqué un poco más. Nuestros brazos se rozaron. El calor de su piel era adictivo.
—Marcos... —empecé, sin saber cómo continuar.
Él me miró. Sus ojos castaños, normalmente seguros, estaban nublados por el ron y algo más. ¿Curiosidad? ¿Cansancio? No lo sabía.
—¿Qué pasa?
Tragué saliva. El corazón me iba a mil. El alcohol me empujaba, la adrenalina me quemaba las venas.
—Nada. Solo... que yo también pienso eso de ti.
Se rio bajito, pero no se apartó. Seguimos hablando de tonterías: de su ex, de lo sola que se sentía la vida a veces a pesar de tenerlo todo. En un momento, su m...
Mamada a mí amigo hetero
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