Written by: danimen
Rachid acababa de salir de la ducha. El agua todavía le corría por los hombros cuando se plantó frente al espejo del baño, con la crema de afeitar en la mano. A sus veintisiete años, el marroquí tenía un cuerpo que parecía esculpido: pectorales gruesos, abdominales marcados y esos oblicuos que desaparecían bajo la cintura de los pantalones de chándal grises que se había puesto sin nada debajo. Pasó la cuchilla con calma, mirándose a sí mismo con esa arrogancia natural que tenía.

Cuando terminó, se dejó caer en el sofá del salón, todavía con el torso desnudo. Subió los pies descalzos encima de la mesa de centro, cogió el mando de la tele y puso una película de acción a un volumen que retumbaba en todo el rellano. Los músculos de su pecho se movían con cada respiración perezosa mientras se rascaba distraídamente la barba recién arreglada.

En el piso de al lado, Ernesto no aguantaba más. El ejecutivo de sesenta y dos años, trajeado y con el pelo perfectamente peinado, llevaba veinte minutos oyendo las explosiones y los tiros a través de la pared. Respiró hondo, se ajustó la corbata y salió al rellano. Se paró frente a la puerta con el número 4B, levantó el puño y llamó con firmeza.

La puerta se abrió de golpe.
Rachid apareció ocupando todo el marco, imponente, sudoroso y sin camiseta. Lo miró de arriba abajo con evidente desprecio.
—¿Qué coño quieres?
—Rachid, por favor… la televisión. Llevo media hora con un dolor de cabeza terrible. ¿Podrías bajarla un poco?

El marroquí soltó una risa seca.
—Vete a la mierda, maricón.
Y le cerró la puerta en las narices.
Ernesto se quedó allí plantado, con el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. No era rabia lo que sentía. Era otra cosa. Un calor vergonzoso que le subía desde el estómago hasta la entrepierna. Aquella palabra, dicha con tanto desprecio, le había puesto la polla dura dentro de los pantalones del traje.
Volvió a su piso, cerró con llave y se apoyó contra la puerta. Se bajó la cremallera casi sin pensar. Mientras se pajeaba con furia, solo podía imaginar una cosa: estar de rodillas a los pies de ese macho hetero, oliendo sus zapatillas sudadas después del gimnasio, lamiendo entre sus dedos mientras Rachid lo miraba con asco y le decía lo inútil y lo maricón que era.
Aquella noche apenas durmió. La fantasía se le había metido tan adentro que ya no podía sacársela.
Al día siguiente, mientras navegaba por internet buscando cualquier cosa que le distrajera, un anuncio le llamó la atención. Un producto en...
1 - RACHID
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