Escrito por: zorracomepollas
A los cinco minutos, un todoterreno negro se planta a mi lado. El tío que conduce debe rondar los cuarenta y cinco, cincuenta, barba espesa, canosa, peludo hasta en las cejas. Me mira de arriba abajo sin disimulo. Asiente con la cabeza hacia el arcén de tierra, más allá de la gasolinera abandonada. Le sigo.
Aparcamos en paralelo, fuera de la vista de la carretera. Él se baja. Un metro ochenta y cinco, cien kilos de oso, vaqueros ajustados, camisa de cuadros abierta mostrando un puto bosque de vello gris. Sin mediar palabra, me agarra de la nuca y me empuja contra el capó de mi propio coche.
—Baja los pantalones, maricón. Que no tengo toda la noche.
Obedezco. Las rodillas me tiemblan mientras el aire frío te muerde el culo desnudo. Él se coloca detrás, oigó el ruido del cinturón, la cremallera, y luego un escupitajo en mi propio agujero. Ni lubricante. No hace falta.
—Qué puto zorro tienes, pareces una zorra en celo.
Me mete la polla de golpe, entera, sin avisar. Suelto un gemido que es mitad dolor mitad sumisión. Él empieza a follarme seco, duro, sujetándome las caderas con esas manos de oso, marcándome los huesos. Cada embestida me clava contra el capó. El metal está frío, mi polla gotea contra la rueda delantera.
—Mírate, puta. Aquí y abierto para un desconocido. Tu mujer te espera en casa y tú tienes el culo lleno de lefa de otro tío.
Oyes otro coche acercándose. Un segundo tipo se baja. Más joven, cuarenta y pocos, rapado, bigote espeso, un puto policía local fuera de servicio quizás, porque todavía lleva los pantalones del uniforme. Se acerca y me agarra del pelo, tirando hacia atrás.
—Abre la boca, perra.
Me arrodilla en la tierra mientras el oso sigue dentro de mi, ahora más lento, más hondo, disfrutando. El bigotudo aprovecha y me mete la polla en la boca sin preguntar. Noto el sabor a jabón, a piel sudada, a hombre. Me agarra la cabeza con ambas manos y empieza a follarme la garganta mientras el otro continua empujandome desde atrás.
Estoy entre los dos, sin poder hacer nada más que recibir. Los gemidos del uniformado me indican que se está corriendo. Noto cómo se tensa, cómo aprieta mi cabeza contra su vientre y me llena la boca de lefa caliente, espesa. Me obliga a tragarlo todo.
—Trágatelo todo, puta. No me desperdicies ni una gota.
El otro acelera el ritmo detrás. Noto que está a punto. Escucho sus gruñidos, sus insultos, hasta que empiezo a notar la lefa dentro, caliente, llenándome. Se corre profundo, como si quisiera dejarme sembrado.
Ambos se separan casi al mismo tiempo. El uniformado se sub...
Noche de cruising
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