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Habían pasado doce años desde la última vez que pisé el pueblo ahora tenía 34 años . Doce años de ciudad, oficinas con aire acondicionado, gimnasios impersonales y hombres que follaban en silencio y con condón. Pero el olor a tierra seca, a estiércol y a macho de campo siempre me tiraba de las entrañas. Volví un viernes de verano, el coche levantando polvo rojo por la carretera comarcal. Aparqué frente al bar de siempre y todo seguía igual: sillas de plástico descoloridas, el mismo perro flaco a la sombra y ese aire espeso que sabía a hogar y a pecado antiguo.
Pregunté por él con disimulo. Seguía en la finca familiar, criando animales y trabajando la tierra. Le mandé un mensaje simple esa misma noche: «Estoy aquí. ¿Quedamos?». La respuesta llegó seca y directa: «Mañana a las ocho en la era vieja. Trae cerveza».
A las ocho menos cuarto ya estaba yo allí, sentado en el capó, con una caja de latas frías y el pulso acelerado como si volviera a tener veintidós años. El sol se hundía naranja y sucio detrás de las colinas. Oí el tractor antes de verlo: viejo, ruidoso, escupiendo humo negro. Cuando paró y se bajó, se me secó la boca.
Seguía siendo enorme. Metro noventa de músculo pesado y grasa dura de trabajo. Llevaba una camiseta gris sin mangas que alguna vez fue blanca, ahora llena de manchas de aceite, sudor y tierra. Los brazos eran puro pelo negro espeso, desde los hombros hasta los dedos. El pecho le asomaba brutal por el escote: una mata salvaje que subía hasta el cuello. Y ahí estaba, inconfundible: el entrecejo poblado, una sola ceja gruesa y negra que le cruzaba la frente como una barra oscura. No había cambiado nada. Solo se había vuelto más animal, más peludo, más guarro.
Se acercó sin prisa. Olía a sudor del día entero, a tierra removida, a cerdo y a macho que no se ha lavado. Me abrazó fuerte, aplastándome contra ese pecho peludo. Noté su polla ya semi-dura presionando contra mi muslo.
—Estás más fino —gruñó con esa voz ronca y grave que aún me ponía duro al instante—. Pero sigues teniendo cara de querer que te partan el culo como un perro.
No me dio tiempo a responder. Me agarró por la nuca y me besó con brutalidad. Lengua gruesa, mucha saliva, dientes chocando. Sabía a tabaco liado, a vino tinto y a hombre. Bajó la mano grande y sucia por mi espalda, arañándome por debajo de la camiseta.
—Vamos al pajar —ordenó.
Caminamos hasta el viejo pajar junto a la era. Dentro olía a paja seca, a polvo acumulado y a polvos antiguos. Había un colchón tirado en el suelo, manchado de años. Encendió una linterna de camping y cerró la puerta de madera con un golpe seco.
Se quitó la camiseta de un tirón. El torso era una bestia: pectorales pesados cubiertos de pelo negro denso que bajaba en una gruesa línea hasta el ombligo y se perdía bajo los pantalones de trabajo. Los hombros, la espalda, todo estaba invadi...
La vuelta al pueblo
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