Escrit per: SinCensura
—No usaremos eso —dijo, volviéndose hacia una caja de herramientas que mantenía en un rincón—. Eso es para cobardes que necesitan marcar carne para sentirse vivos.
Extrajo un objeto que hizo que Marcos entrecerrara los ojos para ver mejor: un estimulador eléctrico, compacto, con cables que terminaban en pinzas metálicas. No era un juguete de aficionado; era equipo médico adaptado, preciso, temible.
—Esto —dijo Alex, acercándose a Víctor con el aparato en la mano— es control. Esto es precisión. Esto es saber exactamente dónde está el límite y tocarlo sin cruzarlo... hasta que decida cruzarlo.
Víctor tiró de las cadenas, los músculos de sus brazos tensándose en cordones de acero bajo la piel. Sus ojos, aún desafiantes, seguían a Alex, pero Marcos notó algo nuevo en ellos: una grieta, una incertidumbre que no había estado ahí cuando creía tener el control absoluto.
Alex comenzó a colocar las pinzas. Una en cada pezón de Víctor, ajustándolas con un tornillo preciso hasta que el hombre atado jadeó alrededor del anillo metálico. Luego, moviéndose con una frialdad clínica, colocó una tercera pinza en el escroto, entre los testículos, apretando hasta que Víctor arqueó la espalda, un sonido ahogado de dolor escapando de su garganta.
—Sientes eso —dijo Alex, no como pregunta sino como constatación—. Esa es la electricidad más baja. Solo un susurro. Un recordatorio de quién controla tu sistema nervioso ahora.
Encendió el dispositivo. Víctor se sacudió violentamente, los músculos de sus muslos contrayéndose en espasmos incontrolables. No era dolor agonizante aún, pero era insistente, invasivo, una violación de su propia fisiología que no podía detener con fuerza de voluntad.
—Mira —le dijo Alex a Marcos, haciéndole señas para que se acercara—. Mira su cara. No la de ahora, la de dentro de diez minutos.
Marcos se acercó, su propio corazón martillando contra las costillas. Observó a Víctor, vio cómo el desafío inicial comenzaba a disolverse en algo más complejo. El entrenador seguía tirando de las cadenas, pero sus movimientos eran más desesperados ahora, menos calculados. El miedo real comenzaba a filtrarse.
Alex aumentó gradualmente la intensidad. Los espasmos de Víctor se hicieron más pronunciados, su pecho subía y bajaba con jadeos irregulares alrededor del anillo. El sudor comenzó a brillar en su frente, gotas que descendían por su nariz roma.
—Resistir es inútil —dijo Alex, su voz baja, casi amable, como si le explicara un concepto literario a un estudiante lent...
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