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El hortelano

Escrito por: Sumisopel

ayer
1611 palabras

El sol apretaba fuerte aquel verano en el campo. Había alquilado una casita rural para escapar del ruido y buscar algo de tranquilidad. Tenía treinta y dos años, cuerpo definido de gimnasio y una curiosidad que siempre me empujaba más allá. Lo que no esperaba era que esa curiosidad terminara con el culo abierto en medio de una huerta.

El hortelano era un hombre de unos cuarenta y cinco, piel morena y curtida, brazos poderosos de tanto cargar tierra y cajas, manos grandes y ásperas. Barba de varios días con canas, pecho ancho y velludo, y una forma de mirarme que dejaba claro lo que pensaba. Lo vi por primera vez al segundo día, cuando fui a comprarle verduras frescas. Llevaba solo un pantalón viejo de trabajo. Sus ojos bajaron despacio por mi camiseta ajustada y mis shorts cortos, deteniéndose en mis piernas y en el bulto que se marcaba.

A partir de ahí empecé a visitarlo casi a diario. Hablábamos de cualquier cosa, pero siempre había una tensión debajo. Una tarde, mientras cargábamos una caja, su brazo rozó el mío y sentí la electricidad. Esa noche me corrí pensando en esas manos callosas abriéndome.

Una semana después, caminando por los senderos que rodeaban la huerta grande, lo encontré trabajando sin camiseta. El sudor le corría por la espalda ancha. El olor a tierra, a hombre y a sol era espeso. Me invitó a pasar. Caminamos entre los surcos. Me mostró las plantas de pepinos. Cogió uno especialmente largo y grueso, casi del tamaño de un antebrazo, y me lo tendió.

—Mira este. Duro por fuera, jugoso por dentro.

Lo cogí. Estaba tibio. Mi polla dio un salto dentro de los shorts.

—¿Y tú? —pregunté mirándolo a los ojos—. ¿También estás en tu punto?

No hizo falta más. Me agarró por la nuca y me besó con fuerza, metiendo la lengua. Sus manos grandes bajaron hasta apretarme las nalgas por encima de la tela. Gemí contra su boca. Ya estaba durísimo.

Me empujó contra la mesa de madera donde clasificaba la cosecha. Me subió la camiseta y me chupó los pezones con hambre, mordiendo lo justo. Yo le agarraba la cabeza jadeando. Me dio la vuelta, me bajó los shorts y los calzoncillos de golpe. Mi culo quedó al aire. Se arrodilló detrás y separó mis nalgas. Sentí su aliento caliente y luego su lengua gruesa lamiéndome el agujero sin piedad. Lamía, chupaba, metía la punta dentro, gruñendo. Me comió el culo durante minutos largos, dejándome empapado y abierto.

Cuando me tuvo listo, cogió el pepino grande. Lo frotó contra mi entrada, mojándolo con saliva. Presionó.

—Respira.

Empujó despacio. El pepino entró centímetro a centímetro, rígido y grueso. Gemí alto. Me sentía lleno de una forma extraña y deliciosa. Lo movía con cuidado, girándolo, follándome con él. Mi polla goteaba pre-semen al suelo de tierra.

—Mírate… tragándote el pepino como una puta —gruñó excitado.

Lo metió y sacó durant...

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El hortelano

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