Escrit per: SinCensura
3119 paraules
El momento se contrajo hasta convertirse en un solo punto de existencia. El vibrador giraba dentro de él con una lentitud que era peor que cualquier brutalidad — cada rotación calculada para rozar la próstata con precisión quirúrgica, enviando oleadas de placer que ascendían por su espina dorsal como electricidad líquida, chocando contra la barrera del anillo de metal que Alex no había quitado.
Marcos jadeó, un sonido que parecía arrancado de lo más profundo de sus pulmones. Su mente, que había estado flotando en esa nebulosa de rendición, de pronto tuvo que volverse filo de cuchillo.
—No te corras —había dicho Alex, y eran solo tres palabras, pero pesaban como una ley física.
Cerró los ojos, intentando encontrar un ancla en la oscuridad de sus párpados, pero la oscuridad solo intensificaba las sensaciones. Podía sentir cada milímetro del silicona girando, presionando, masajeando el punto que convertía su cuerpo en un instrumento de tortura y éxtasis. El anillo alrededor de su base mantenía la sangre atrapada, su polla hinchada hasta un punto que rozaba el dolor insoportable, el glande rozando contra el interior del cilindro de succión con una fricción que lo volvía loco.
—Por favor... —susurró, y la palabra se quebró en su garganta.
—¿Por favor qué? —La voz de Alex estaba justo detrás de su oreja, el aliento cálido contrastando con el frío del sótano.
—Por favor... Señor... no puedo...
—¿No puedes qué? —Alex movió el vibrador un milímetro más profundo, y Marcos gritó, un sonido agudo que no reconoció como propio—. Sé específico, Marcos. Tu dueño necesita palabras exactas.
Marcos tragó saliva, sintiendo el sabor residual del semen de Alex, y esa humillación añadida hizo que su polla palpitara aún más fuerte contra su voluntad. Estaba tan cerca. Podía sentir el orgasmo construyéndose en la base de su columna, ese tirón inevitable, el momento antes de la caída. Pero el anillo lo detenía, o quizás era la fuerza de voluntad que Alex exigía, una disciplina que Marcos no sabía que poseía hasta que tuvo que ejercerla.
—No puedo... contenerme más... —jadeó, cada sílaba un esfuerzo—. Voy a... por favor, Señor... permiso para...
—No.
Una sola sílaba, dura como el acero.
Alex aumentó la velocidad del vibrador, y Marcos sintió que su mente se fracturaba. El placer era demasiado, una presión que no tenía válvula de escape. Sus muslos temblaban violentamente, los músculos de su vientre contraídos hasta convertirse en piedra. Estaba haciendo cálculos desesperados en su cabeza — respira, piensa en algo frío, en el examen de literatura, Alex explicando la profundidad de la Casa de Bernarda Alba, Alex... no mierda! — pero el vibrador giraba y giraba, y cada rotación borraba un poco más de su mente consciente.
...
¡Para ti, soy Señor! Renacido.
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