Escrito por: SinCensura
1798 palabras
El interior de la casa era minimalista, impersonal, pero Marcos apenas tuvo tiempo de asimilarlo. Alex lo tomó del cuello de la camiseta y lo empujó hacia una puerta baja al final del pasillo.
—El sótano —anunció Alex, abriendo la puerta para revelar una escalera iluminada por una luz roja tenue—. Baja. Desnúdate completamente cuando llegues al último escalón. Quiero verte desnudo, de pie, con las manos a la espalda y la mirada al frente.
Marcos descendió. Cada paso resonaba en su cabeza como un tambor de guerra. Al llegar abajo, se encontró en una habitación amplia, climatizada perfectamente, con paredes forradas de espejos oscuros que multiplicaban la imagen. En el centro había una estructura de madera maciza con argollas de metal, pero lo que hizo que la boca de Marcos se secara fue el resto del equipo: mesas con juguetes de silicona negra y plateada, cuerdas de sisal, vendas, máscaras, y en un rincón, lo que parecía ser una jaula negra de hierro forjado, lo suficientemente grande para contener a una persona de rodillas.
Se desvistió con dedos temblorosos. La camiseta cayó primero, luego los vaqueros. Quedó completamente expuesto, su piel erizada por el aire acondicionado y la excitación. Su polla, ya semierecta por la sola anticipación, colgaba pesada entre sus piernas.
Escuchó los pasos de Alex descendiendo lentamente. No se atrevió a girarse.
—Buen chico —murmuró Alex desde atrás, su voz envolviendo a Marcos como una boa constrictora—. Mírate. Ya estás jadeando y ni siquiera he empezado.
Alex rodeó a Marcos lentamente, inspeccionándolo como si fuera ganado. Con un dedo, le levantó la barbilla para forzarle a mirar hacia arriba, hacia una cadena que colgaba del techo con un collar de cuero negro grueso.
—Hoy no eres Marcos. Hoy eres mi posesión. Mi objeto. Mi puta personal —dijo Alex, y la crudeza de las palabras hizo que un escalofrío recorriera la espalda del chico—. ¿Entiendes?
—Sí, Señor —susurró Marcos, su voz quebrada.
Alex sonrió, una expresión depredadora. Tomó el collar y lo abrochó alrededor del cuello de Marcos, ajustándolo hasta que el cuero mordió la piel, dejando apenas espacio para tragar. Luego enganchó la cadena al anillo frontal del collar.
—Ven —ordenó, tirando de la cadena.
Marcos siguió, desnudo y vulnerable, hasta el centro de la habitación. Alex lo posicionó frente a la estructura de madera.
—Manos arriba, agarrando las argollas —ordenó.
Marcos obedeció. Alex tomó unas esposas de cuero forradas y ató primero las muñecas a las argollas superiores, dejando los brazos de Marcos extendidos en forma de V. Luego, con movimientos eficientes, ató una barra de esparcimiento entre los tobillos, obligando a Marcos a mantener las piernas separadas más de un metro, exponiendo completamente su entrepierna y su a...
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