Escrito por: danimen
Se había hecho de día. Abrí los ojos. Me quedé un momento tumbado, con la barriga subiendo y bajando, antes de obligarme a bajar los pies al suelo. Me dolía todo el cuerpo. La espalda, las rodillas, los tobillos hinchados. Me vestí a duras penas y subí las escaleras.
Marcos estaba en la cocina, de pie junto a la isla, revisando el móvil. Llevaba solo unos pantalones de pijama. Al oírme entrar levantó la vista y sonrió.
—Buenos días, Edilberto. ¿Preparaste café?
El nombre me golpeó en mitad del pecho. Me quedé clavado en el umbral de la puerta. ¿Edilberto?. No podía ser...
—S-sí, don Marcos —respondí. La voz me salió con ese acento colombiano—. Ahora mismo lo hago.
Adrián bajó en ese momento, ya vestido con ropa de deporte. Me miró un segundo y asintió con la misma naturalidad.
—Edilberto, haz el desayuno completo hoy. Marcos tiene hambre.
—Claro, don Adrián.
Me giré hacia la cafetera antes de que vieran mi cara. Mientras molía el café y sacaba los huevos, sentía que me faltaba el aire. Edilberto.
Cuando terminaron de desayunar y se fueron al piso de arriba, bajé corriendo al sótano. Cerré la puerta de mi habitación y abrí el cajón de la mesilla. Allí estaban.
Pasaporte colombiano. Caducado hace cuatro años. Una tarjeta de residencia temporal que expiró en 2021. Un contrato de trabajo como empleado doméstico. Y una carta de la Oficina de Extranjería avisando de que mi situación era irregular y que debía abandonar el país en un plazo de treinta días.
Edilberto Ramírez Vargas. 56 años. Medellín, Colombia.
Me senté en la cama. Las manos me temblaban tanto que los papeles se agitaban. Adrián lo había hecho. Había cumplido su amenaza al pie de la letra. Ya no era David. Mi identidad había sido reemplazada completamente. Ahora era un inmigrante gordo, viejo y sin papeles que vivía en el sótano de la casa de una pareja.
Intenté recordar mi piso en Madrid. La Complutense. La primera vez que besé a Marcos. Todo se volvía borroso, como si alguien hubiera echado agua sobre tinta fresca. ¿Quizás yo nunca fui David y se me había ido la cabeza? La duda era peor que el miedo. Empezaba a creer que siempre había sido esto. Que David nunca existió.
Me quedé allí sentado un rato largo, con los papeles en el regazo y la barriga derramándose sobre los muslos. Luego oí risas arriba. El ruido del agua de la ducha.
No subas, me dije.
Subí.
La puerta del baño principal estaba entreabierta, como siempre. El vapor salía al pasillo. Me acerqué despacio, y miré.
Marcos estaba de espaldas bajo el chorro de agua. Adrián pegado a él, una mano en su cadera, la otra moviéndose despacio entre sus piernas. Marcos tenía la frente apoyada en los azulejos y gemía bajito cada vez que Adrián le mordía el hombro.
Me metí la mano debajo de la barriga. Tuve que levantarla con el antebr...
Capítulo 8: Atrapado
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