Escrito por: 𝐅𝐀𝐂𝐈𝐋𝐈𝐓𝐀𝐓𝐎𝐑𝐁𝐂𝐍
2407 palabras
La grieta cumplía exactamente cincuenta días en el techo del salón. Once centímetros y medio de largo por dos de ancho. La medí a las 10:47:03 con el hueso de firma número 47, un fémur pulido que había rubricado más servidumbres voluntarias que la mayoría de inquisiciones históricas. La punta dejó una mancha negra, hinchada y ligeramente corrida en la casilla 48 del Formulario 49-D. Recordaba, con precisión incómoda, una eyaculación prematura sobre un acta de divorcio. No la limpié. Llevaba años sin limpiar nada que no exigiera el reglamento interno. Mis manchas y mis verdugones ya formaban parte del mobiliario institucional.
Me senté debajo de ella con la espalda desnuda, talón derecho sobre el tercer nudo del parquet, columna vertebral a exactamente 87 grados según el manual de medición de lesiones crónicas. Conté los cuarenta y nueve verdugones de siete en siete. El veintiuno supuraba un líquido claro y viscoso que olía a papel de archivo húmedo y a gominola del lote 1932-B disuelta en saliva. El treinta y cinco mostraba un violáceo profundo y lustroso, el color preciso que adquiere la carne cuando comprende que ya no merece la pena resistirse y se limita a arquearse con la resignación profesional de quien cobra por degradarse desde hace décadas.
A las 06:14:00 inicié el ritual. Siete respiraciones cronometradas. Siete besos al mango del flogger, secos y sin emoción, con sabor a cuero viejo y a matrimonio contractual extinguido. La primera gominola del lote 1932-B prometía fresa madura de huertos sagrados. Sabía a plástico dulce y a culpa industrializada. La mastiqué despacio, sin placer, mientras la risa interna, cobarde y antigua, vibraba en el fondo del pecho.
El porro de la noche anterior había dejado en el cenicero una ceniza recta, gruesa y perfectamente vertical. La observé cuatro minutos y diecisiete segundos. Aquella ceniza poseía más consistencia y más dignidad erecta que la mayoría de pollas que habían desfilado por mis contratos en los últimos tres años. Pollas que temblaban al llegar a la cláusula de renuncia permanente al orgasmo. Pollas que suplicaban servidumbre perpetua y humillación reglada porque ya no conseguían endurecerse sin un notario eclesiástico que les pusiera sello y tasa. Pollas que solo ansiaban un “buen chico” mientras les convertían en variable contable del índice DEV-7.
La comparación me arrancó una risa seca, breve y despegada. Esa era, en el fondo, la broma terminal de la Dolorosa: habíamos construido una civilización entera —religión, derecho, economía, literatura— alrededor del dolor y el placer convertido en divisa, solo para terminar envidiando la erección vertical y sin complejos de una simple ceniza de porro. Nos habíamos convertido en una especie que necesitaba trescientas páginas de contrato, tres sellos notariales y un análisis de solvencia emocional para justificar que aún conservaba una...
UCRONIA FORMULARIO 49-D
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