Escrito por: Ramos57
1424 palabras
Te tenía exactamente donde quería.
Habías llegado puntual, como te ordené por mensaje. Sesenta y seis años, uno sesenta y cinco, setenta y cinco kilos de músculo seco y bronceado por el sol .
. Camiseta blanca, vaquero viejo y las zapatillas sucias de haber caminado desde el coche hasta la puerta de la finca. Nada más entrar te hice desnudarte en el patio, a plena luz de las once de la mañana. Ni una palabra. Solo el ruido de tu ropa cayendo sobre las baldosas calientes y el zumbido de las cigarras.
Te até las muñecas a la espalda con bridas de plástico bien apretadas. Después te puse el collar de acero inoxidable de cinco centímetros de ancho, el que tiene el aro grande delante. Te llevé al sótano tirando de una cadena corta. Allí ya estaba todo preparado: el potro de madera, la barra separadora, el látigo de cuero trenzado, la vara de fibra, las pinzas, el tapón de acero con cola de caballo y la mordaza de bola grande.
Te coloqué a cuatro patas sobre el potro. Muslos abiertos al máximo con la barra. Tobillos y rodillas asegurados con correas. El pecho pegado a la madera, la cara girada hacia un lado. Te metí el tapón sin lubricante previo, de un solo empujón seco. Te oí gruñir por la nariz, pero no te quejaste. Bien.
Empecé despacio, casi suave. Diez azotes con la mano abierta en cada nalga para que la sangre subiera. Después el látigo. Primero suave, marcando líneas rojas finas. Luego más fuerte. Cada golpe hacía que tu cuerpo se tensara y la cadena del collar tintineara contra el potro. Cuando la piel ya estaba caliente y brillante, cambié a la vara. Diez golpes seguidos en la parte baja de las nalgas, justo donde se junta con el muslo. Ahí duele distinto. Ahí duele profundo.
Te quité la mordaza solo para oírte respirar entrecortado.
—Respira, esclavo. Todavía no he empezado.
Te di agua de una botella, obligándote a beber mientras el tapón te abría. Después volví a poner la mordaza, más apretada.
Saqué el tapón y te follé con el mío. Sin piedad. Agarrado al collar como si fueran riendas, tirando hacia atrás con cada embestida. Tu cuerpo atlético sudaba, los músculos de la espalda se marcaban bajo la piel enrojecida. Te corrías sin tocarte, solo con la fricción y el dolor. Lo recogí con los dedos y te lo metí en la boca debajo de la mordaza.
No paré ahí.
Te bajé del potro, te puse de rodillas y te até los brazos en posición de oración, pegados al pecho. Te colgué pesos de un kilo en cada pinza de los pezones. Te dejé así veinte minutos mientras yo me sentaba frente a ti, mirándote. Cada vez que respirabas hondo, los pesos se balanceaban y tú apretabas la mandíbula.
Cuando los quité, la sangre volvió de golpe. Ese momento es el que más me gusta. Te agarré del pelo, te levanté la cara y te escupí en la boca abierta.
Después vino la...
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