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Estaba trabajando solo en la nave agrícola al final de la tarde, el sol ya bajo y el calor todavía pegajoso en el ambiente. Había ido a buscar unas herramientas al fondo del almacén cuando lo vi.
Allí estaba mi compañero Raúl, completamente desnudo, de pie entre dos palés de sacos. Tenía la polla dura y gruesa en la mano, pajeándose con fuerza mientras miraba la pantalla de su móvil. En ella, la mujer del jefe aparecía totalmente desnuda, en una foto que claramente no era para sus ojos: tetas grandes, culo en pompa, abierta de piernas. Raúl gemía bajito, los huevos pesados balanceándose con cada tirón.
Me quedé congelado un segundo, pero la verga se me puso dura al instante dentro de los pantalones. Di un paso y él levantó la vista, asustado. Intentó taparse, pero ya era tarde.
—Joder… —murmuró, rojo como un tomate.
—No pares —le dije en voz baja, acercándome—. Me pone cachondo verte así.
Raúl se quedó mirándome, la polla todavía latiéndole en la mano. Sonreí y me arrodillé delante de él sin pensarlo dos veces.
—Déjame ayudarte.
Le quité el móvil de la mano y lo dejé apoyado para que siguiera viendo a la mujer del jefe. Luego le agarré la polla caliente y me la metí entera en la boca de un golpe. Raúl soltó un gemido ronco y me puso la mano en la cabeza. Empecé a chupársela con ganas, tragándomela hasta el fondo, babeando, mientras él empujaba las caderas.
—Qué puta boca tienes… —gruñó.
Estaba en pleno mamada, con su polla hinchada llenándome la garganta, cuando de repente me agarró del pelo y me dio la vuelta con fuerza. Me empujó contra un montón de sacos de grano, me bajó los pantalones de un tirón y, sin avisar, me rompió los calzoncillos de un golpe seco. El ruido de la tela rasgándose me puso aún más cachondo.
Me escupió en el agujero y, sin condón ni nada, me clavó la polla de una sola embestida hasta los huevos.
—¡Ahhh! —gemí fuerte.
—Calla, maricón —me soltó mientras empezaba a follarme duro, a pelo, profundo—. Te voy a reventar ese culito de puto que tienes.
Me follaba con rabia, agarrándome de las caderas, metiéndomela entera cada vez. Sentía sus huevos golpeándome. De repente cogió los calzoncillos rotos, los hizo bola y me los metió en la boca hasta el fondo.
—Muerde eso, guarro. Quiero que saborees tu propio olor mientras te parto el culo.
Empecé a gemir ahogado contra la tela, babeando, mientras él me taladraba sin piedad.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? Pillarme pajéandome y ponerte de perra. Ahora eres mi puta. Te voy a llenar el culo de leche bien caliente.
Sus embestidas se volvieron más brutales, más rápidas. Me tenía completamente sometido, con los calzoncillos en la boca y su polla gruesa abriéndome sin parar.
—Voy ...
La nave agrícola
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