Escrito por: sumiso_inexperto
3103 palabras
EL REGALO
Pedro giró la llave y empujó la puerta sin golpear. Nunca golpeaba.
Juan estaba en el living, de espaldas, hablando por teléfono. Cuando escuchó la puerta se dio vuelta y al ver a Pedro el color le cambió en la cara. No de miedo, sino de esa alerta inmediata que activa cuando aparece alguien ante quien no podés estar distraído.
—Sí, sí, dale, después lo vemos. Mañana te llamo. Chau, chau.
Cortó. Dejó el celular en la mesa y empezó a desvestirse, con la urgencia torpe de quien sabe que ya tendría que estar desnudo. En diez segundos estaba desnudo, con la piel de gallina por el cambio de temperatura.
—Perdón —dijo, un poco agitado—. No sabía que venías.
Se arrodilló frente a Pedro y hundió la cara en su entrepierna con total naturalidad, la nariz y la boca presionadas contra el bulto del pantalón. Pedro se bajó el cierre, le puso la mano en la nuca y empujó, hundiendo la cara de Juan más profundo en su bóxer. Lo mantuvo ahí unos segundos, sintiendo la nariz de Juan presionarse contra su pija, la respiración caliente traspasando la tela.
Le frotó la cara contra la entrepierna. Despacio, de un lado al otro, como quien limpia algo. Juan se dejó hacer, los ojos cerrados, la boca entreabierta, inhalando ese olor que tanto le gustaba.
—Levantate —dijo Pedro—. Dejame ver cómo te quedó el culo.
Juan se puso de pie y se dio vuelta. Se inclinó un poco hacia adelante, separando levemente las piernas, exponiendo las nalgas. Cuatro días después, las marcas de la fusta habían pasado del rojo vivo al amarillo verdoso.
Pedro le pasó la mano por encima. Despacio, con la palma abierta, recorriendo las marcas. Juan se estremeció al contacto pero no se movió.
—Todavía se ven bien —dijo Pedro, con el tono de alguien que evalúa el resultado de un trabajo—. Esta de acá va a tardar en irse.
Le apretó una marca con el pulgar. Juan soltó un siseo entre los dientes.
—¿Duele todavía?
—Un poco. Cuando me siento.
—Bien.
Pedro le dio una palmada suave en la nalga —suave para sus estándares, que igual hizo que Juan se tensara entero
—Mirame.- — le dijo Pedro
Juan se dio vuelta. Quedó frente a Pedro, desnudo, con los brazos caídos a los costados. Había algo en su postura que delataba el miedo residual. Cuatro días no habían sido suficientes para borrar el recuerdo de la fusta.
Pedro lo miró de arriba abajo. La inspección habitual. Empezó por la cara —afeitada, bien—, bajó al pecho. Extendió la mano y le pasó los dedos por el esternón, despacio, de arriba hacia abajo. Los dedos se movían con atención, registrando la textura de la piel.
Bajó a las bolas. Las tomó en la mano, las sopesó, las giró con los dedos. Después le recorrió los muslos, la cara int...
EL FIN DE SEMANA QUE LO CAMBIO TODO 16 - EL REGALO
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