Escrito por: superrapado
1424 palabras
El cuidador
(Narración para herir sensibilidades de buenos samaritanos)
Poncio, era un hombre que había gozado de una posición económica desahogada y unas costumbres de vida licenciosas. Sus muchas veleidades mundanas le habían pasado factura y a la sazón, que ya contaba con una edad (y dos), y se veía con la movilidad reducida y el habla bastante torpe. Todo esto fruto de unas embolias que le habían mermado más de lo que hubiera podido suponer en sus años de físico estupendo y ojos como de arcángel a punto de ser condenado por altanero.
Su hermano, Nazario, que siempre le criticó esa vida disoluta, se veía en la obligación moral de hacerse cargo de su estado. Pero no personalmente. Eso ni pensarlo. Había contratado un servicio de cuidados a domicilio con el fin de que Poncio se viera atendido las veinticuatro horas del día. Por supuesto a cargo del patrimonio de su hermano. Habida cuenta, él se lo había buscado.
La agencia mandó a una mujer, que se encargaba durante medio día de la casa y los alimentos; y un hombre que desde el atardecer y la noche, estaba con el inválido, lo bañaba y acostaba. Además de supervisar que hiciera algún ejercicio de rehabilitación. Lo de que fuera un hombre era condición esencial pues Poncio, si algo no consentía bajo ningún concepto, es que manos femeninas siquiera le rozaran.
Nazario, un par de veces a la semana, lo visitaba y se aseguraba de que su hermano no tuviera queja del servicio.
El hombre que le cuidaba desde el atardecer se llamaba Efesto. No era ningún jovenzuelo. Llevaba la cabeza rapada y lucía barba de fundamentalista de algo, aunque no se sabe de qué. Al cuello y muñecas le asomaban tatuajes. Y contaba con una voz ronca, como de recién levantado tras una juerga de días. Y los ojos pequeños y todo pupilas negras, que parecían sacados de película de miedo.
Nazario desconfió de él en cuanto lo vio por vez primera. Y esperaba que en breve su hermano le presentara quejas en esa media lengua que se le ha quedado. Sin embargo, tal reclamación nunca llegó.
¿Misterio? Averigüémoslo.
Poncio, en realidad, sí que estuvo a nada de solicitar el cambio de cuidador. Efesto se sentaba frente a él y lo miraba sin pestañear. Y tras minutos incómodos y eternos le decía: “Tienes pinta de haber sido una zorra hambrienta de mil pollas, maricón”.
Poncio trató de responder pero solo le salían balbucientes sonidos que Efesto recibía con desprecio. “Que no te entiendo, imbécil” era su respuesta, a veces lleno de ira, otras partido de risa.
En realidad era su manera de provocarlo. Una especie de rehabilitación muy pero que muy salvaje.
El cuidador también se dedicó a fisgonear por toda la casa.
“Voy a enterarme de todos tus secretos, piltrafa humana” le gritaba desde cualquier estancia. “Anda, ten cojones y ven a detenerme, soplapollas”.
Poncio se removía impotente en la s...
El cuidador
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