Escrito por: Peludosum
2033 palabras
El invierno se instaló de verdad en el bosque a partir de mediados de diciembre. La nieve empezó a cuajar en los senderos más altos, los pinos se cargaron de blanco y el aire se volvió tan cortante que cada respiración era como tragar cristales. Pero yo seguía saliendo a las seis en punto. Me ponía térmicos debajo de los shorts de running —unos leggings negros finos que se transparentaban un poco con el sudor—, una sudadera ajustada y las zapatillas con tacos para no resbalar. El frío me quemaba los pulmones, pero también me mantenía alerta, excitado. Porque sabía que él estaría allí. Siempre estaba.
Después de aquella primera vez en el claro apartado, todo cambió de ritmo. Ya no era solo un encuentro casual que escalaba a sexo salvaje. Se convirtió en una rutina estricta, casi ritual. Él marcaba las reglas y yo las obedecía sin cuestionar. Si llegaba tarde —aunque solo fueran cinco minutos—, me esperaba con el ceño fruncido y la polla ya medio dura bajo las mallas. La primera hostia llegaba antes de que pudiera saludar. “¿Dónde coño estabas, puta lenta?” Y después me follaba más duro que de costumbre, como castigo. Aprendí rápido a ser puntual.
Una mañana de finales de diciembre, con la nieve cayendo en copos gruesos, llegué al punto habitual —el tronco caído junto al arroyo que ya se había convertido en nuestro altar—. Él no estaba sentado. Estaba de pie, con las manos en los bolsillos de una chaqueta impermeable negra, las mallas grises empapadas por la nieve que se derretía al contacto con su cuerpo caliente. La polla se marcaba más que nunca: el frío la había hecho retraerse un poco, pero aun así el bulto era obsceno, grueso, pesado. Me miró de arriba abajo mientras yo jadeaba por la carrera.
—Quítate la sudadera —ordenó sin preámbulos.
Hice caso. El frío me golpeó el torso desnudo como un latigazo. Los pezones se me pusieron duros al instante. Él se acercó, me agarró por la nuca y me besó con violencia, metiendo la lengua hasta la garganta. Sabía a tabaco y a café recién hecho. Mientras me comía la boca, su mano libre bajó a mis leggings y metió los dedos por dentro, directo al culo. Ya me tenía entrenado: llevaba semanas sin ponerme ropa interior para que tuviera acceso inmediato.
—Hoy vas a probar algo nuevo, maricón —murmuró contra mis labios—. Abre la boca.
Saqué la lengua. Esperaba su saliva, o quizás que me escupiera. En vez de eso, se apartó un paso, se bajó las mallas hasta medio muslo y apuntó su polla directamente a mi cara. El chorro salió caliente, amarillo intenso contra la nieve blanca del suelo. Me llenó la boca de golpe. Tragué lo más rápido que pude, pero era mucho. Parte se me escapó por las comisuras, bajó por mi barbilla, por el pecho desnudo. El contraste entre el pis caliente y el aire helado era brutal. Gemí sin poder evitarlo.
—Bebe todo, cerdo....
El bosque del macho 2
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