Escrit per: Peludosum
1703 paraules
Los días siguientes
Al día siguiente, a las ocho en punto, la puerta se abrió y él entró como si ya fuera el dueño de todo. Traía la misma ropa de trabajo del día anterior, pero ahora olía todavía más fuerte porque no la había lavado del todo. Me miró de arriba abajo nada más entrar y soltó una risa grave:
—Buenos días, puto. ¿Dormiste con mis calzoncillos en la cara como te dije? Apuesto a que sí, maricón español. Las mujeres no aguantan mi olor ni un minuto y tú… tú te corriste oliéndolos como una perra.
No contesté. Solo asentí. Él ya sabía que me tenía. Empezó por el salón esa mañana. Se quitó la camiseta a los diez minutos y siguió trabajando con el torso brillante de sudor. Cada vez que pasaba cerca me soltaba mierda:
—Hoy vas a lamer todo lo que sudé ayer, cerdo. Cada centímetro. Y cuando termine, te voy a mear encima para que te acuerdes quién manda aquí.
A las seis recogió las herramientas, se desnudó en el baño y salió otra vez completamente en pelotas. Su polla ya estaba medio dura, balanceándose pesada entre sus piernas. Me señaló el suelo del salón.
—Arrodíllate.
Me puse de rodillas. Él se acercó, me agarró del pelo y me empujó la cara contra su pecho sudado.
—Empieza a lamer, maricón. Chúpame el sudor. Todo.
Mi lengua salió sola. Empecé por los pectorales: lamía las gotas saladas, chupaba los pezones duros, bajaba por el abdomen marcado, metía la lengua en el ombligo lleno de sudor acumulado. Él gruñía de placer.
—Más abajo, puta. Axilas ahora.
Levantó un brazo. El olor era brutal: sudor rancio de todo el día, macho puro. Hundí la cara y lamí como loco, chupando el vello mojado, tragándome cada gota. Luego el otro brazo. Después la espalda: me hizo dar la vuelta y lamer desde los hombros hasta la raja del culo. Cuando llegué al culo me abrió las nalgas él mismo.
—Lame el agujero, cerdo. Chúpame el sudor del culo rumano.
Mi lengua entró sin pensarlo. Sabía a sudor, a macho, a esfuerzo. Él gemía y me apretaba la cabeza contra su culo.
—Joder, qué bien lames… Las tías no hacen esto nunca. Tú sí, porque eres un puto esclavo de obrero.
Cuando terminé de lamerle todo el cuerpo, me puso de pie, me giró y me empujó contra la pared.
—Ahora abre la boca.
No entendí al principio. Él se agarró la polla gorda, apuntó a mi cara y soltó un chorro caliente de meada amarilla directamente en mi boca abierta. El sabor era fuerte, salado, caliente. Me llenó la boca y me corrió por la barbilla.
—Trágatelo todo, maricón. Esto es lo que mereces.
Tragué. Parte me cayó en el pecho. Él siguió meando: me mojó el cuello, el torso, bajó hasta mi polla dura. Cuando terminó, me miró satisfecho.
—Ahora chúpame la polla limpia d...
El rumanos últimos días
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