Escrit per: Peludosum
2025 paraules
Vivo solo en una casa adosada de dos plantas en las afueras. Llevaba meses posponiendo las reformas: goteras en el baño principal, azulejos sueltos en la cocina, humedad en dos paredes del salón. No quería meterme con empresas grandes que cobraran una fortuna, así que busqué en anuncios online y encontré uno que parecía perfecto: “Obrero rumano, mucha experiencia, habla español perfecto, precios razonables, disponible inmediato”. Le escribí esa misma noche y quedamos para el lunes.
El domingo apenas dormí. No era solo por las obras. En las fotos del perfil se veía alto, moreno, con brazos fuertes y marcados. Siempre me han puesto los hombres que trabajan de verdad, los que sudan todo el día, los que huelen a esfuerzo físico y a macho sin filtros. Me masturbé pensando en él antes de dormir, imaginando que entraba en casa y me ponía contra la pared sin decir ni media palabra.
Llegó puntual a las ocho. Abrí la puerta y me quedé sin aliento. Medía casi metro noventa, hombros muy anchos, pecho amplio bajo una camiseta blanca que ya tenía manchas de sudor a pesar de la hora temprana. Brazos venosos, manos grandes y callosas, barba de varios días bien cuidada y unos ojos azules tan claros que parecían transparentes. El pelo negro, corto, casi al cero. Cuando sonrió, su voz grave sonó perfecta:
—Buenos días. Soy el de los arreglos. Encantado.
Hablaba español sin ningún acento, como si hubiera nacido aquí. Me explicó que llevaba más de diez años en el país y que le gustaba leer en castellano para no perder práctica. Lo hice pasar y le enseñé las zonas que había que arreglar: baño, cocina, salón. Mientras caminábamos por la casa noté que sus ojos se detenían en mi culo más tiempo del necesario. Yo también lo miré. Cuando se agachó para inspeccionar la humedad del suelo, los pantalones de trabajo se le tensaron en el culo redondo y firme. Tragué saliva.
Empezó por el baño. Yo intenté trabajar desde el portátil en el salón, pero era imposible concentrarme. Cada vez que pasaba por el pasillo lo veía: camiseta pegada al torso por el sudor, gotas resbalando por el cuello y bajando entre los pectorales. A media mañana se quitó la camiseta sin preguntar. “Qué calor de cojones”, dijo con una sonrisa torcida. Su torso era una puta obra de arte: pectorales gruesos, abdominales marcados, un hilo de vello negro que bajaba hasta perderse bajo la cintura del pantalón. Los pezones oscuros y pequeños. Cuando se estiraba para colocar azulejos nuevos, los músculos de la espalda se movían como cables de acero.
Hubo miradas. Muchas. Cuando le llevaba agua, levantaba la vista y me clavaba esos ojos azules. Yo bajaba la mirada a su entrepierna. El bulto era evidente, grueso, pesado. Él sonreía de medio lado. A la hora de comer compartimos la mesa en la cocina. Me contó que había sido militar antes de venir, que le gustaba el gimnasio y que ...
El obrero rumano me dejó el culo roto
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