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Hay que ayudar al compañero

Escrito por: Peludosum

ayer
898 palabras
El almacén olía a polvo de saco y a sudor de media mañana. El sol se colaba por las claraboyas sucias y caía justo sobre mi espalda desnuda mientras apilaba los sacos de 50 kilos uno encima de otro. El calor era de los que pegan al cuerpo, de los que hacen que el pantalón de faena se te pegue a los muslos y que cada movimiento te haga sentir la humedad entre la piel y la tela.

Estaba colocando la última fila cuando escuché las botas de Dani contra el suelo de cemento. No hizo falta girarme para saber que era él: andaba con ese paso lento y pesado que tiene cuando viene a buscar conversación.

—Joder, qué calor de cojones —dijo a mi espalda, apoyándose en la estantería metálica.

Yo seguí levantando sacos, dejando que el sudor me resbalara por la columna.

—¿Qué pasa? —respondí sin mirarlo todavía.

Se acercó más. Noté su sombra cubriéndome el hombro.

—Que Laura… no sé, tío. Me ha estado mirando todo el rato en el descanso. Me ha rozado el brazo al pasar, me ha dicho no sé qué mierda de que me veía “muy bien” hoy… y yo qué sé, me ha puesto burro.

Solté una risa corta y por fin me giré hacia él. Estaba colorado, no solo por el calor. Se le marcaba la respiración un poco acelerada y tenía las pupilas dilatadas.

—¿Y qué? ¿Te mola o qué? —le pregunté, limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo.

—No es eso… Es que solo de pensarlo se me ha puesto dura como piedra. Llevo media hora intentando que baje y nada. Me está volviendo loco.

Bajé la mirada sin disimulo. El bulto en su pantalón de trabajo era evidente, grueso, tensando la tela azul gastada.

Di un paso hacia él, despacio. Extendí la mano y le rocé con los dedos el relieve de la polla por encima del pantalón. Se le escapó un jadeo corto y se apartó medio metro de golpe, como si le hubiera dado calambre.

—Tranquilo —le dije en voz baja, mirándolo a los ojos—. ¿Quieres que te ayude con eso… o prefieres irte al baño a hacerte una paja rapidita pensando en Laura?

Se quedó callado unos segundos. Se mordió el labio inferior. Luego tragó saliva y murmuró:

—Ayúdame.

No hizo falta más.

Lo llevé detrás de la última estantería, donde los palets apilados hacían una especie de pared improvisada. Allí nadie nos veía desde la entrada. Me arrodillé delante de él sin quitarle los ojos de encima. Le bajé el pantalón y los calzoncillos de golpe hasta medio muslo. La polla le saltó libre, gruesa, roja de la presión, con la punta ya brillante de líquido preseminal.

La agarré con una mano mientras con la otra le subía la camiseta sudada hasta el pecho. Olía a hombre, a trabajo, a deseo acumulado. Me acerqué primero a su axila izquierda, todavía levantada porque tenía el brazo en alto sujetándose a la estantería. Metí ...
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