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Mi vida con el pastor

Escrito por: Peludosum

ayer
1377 palabras
El último capítulo

Pasaron meses desde aquel puente de tres días en la montaña. Meses en los que bajaba al pueblo con el cuerpo marcado, el culo todavía sensible durante días, el olor a él pegado a la piel aunque me duchara tres veces al día. Meses en los que volvía cada fin de semana, cada puente, cada excusa que pudiera inventar: “tengo que ir a ver al primo”, “necesito aire puro”, “voy a hacer senderismo”. Cada vez traía más cosas: tabaco, coñac, cuerda nueva, un saco de dormir doble que nunca usábamos porque dormíamos pegados en el catre mugriento, latas de comida que él apenas tocaba porque prefería lo que cazaba o ordeñaba. Cada vez me follaba más salvaje, más sucio, más profundo, como si quisiera grabarse en mi carne para que no pudiera olvidarlo ni un segundo cuando volviera al pueblo.

Pero el pueblo ya no era el mismo. Las miradas se volvían más largas, los comentarios más afilados. “¿Otra vez al monte, eh?”, decía el del bar con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Mi madre preguntaba por qué no traía nunca fotos de esos “paseos”. Mi jefe me miró raro cuando pedí otro permiso por “problemas familiares”. Empecé a sentir que el aire del pueblo me ahogaba. Las luces, el ruido, la gente que fingía no saber lo que hacía los fines de semana. Todo me parecía falso, pequeño, asfixiante.

Una noche de finales de marzo, después de una de esas folladas brutales en las que me dejó el culo en carne viva y la cara cubierta de su semen y su meada, me quedé despierto mientras él roncaba a mi lado. Miré el techo de piedra agrietado, escuché el viento silbando fuera, los balidos lejanos de las ovejas. Y lo supe: no quería bajar más. No quería volver a fingir.

Al día siguiente, mientras él ordeñaba, me puse a su lado y hablé sin mirarlo.

—No voy a bajar hoy.

Él siguió ordeñando, el chorro de leche golpeando el cubo con ritmo constante. No dijo nada durante un buen rato.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó al fin, sin levantar la vista.

—Quedarme. Aquí. Contigo.

Silencio. Solo el sonido de la leche y el viento.

—¿Y tu vida allá abajo? El trabajo, la familia, todo eso.

—Que se jodan. No es vida. Esto es vida.

Se levantó del taburete, se limpió las manos en los pantalones y me miró por primera vez. Sus ojos pequeños y oscuros me estudiaron como si fuera una oveja nueva en el rebaño.

—No va a ser fácil. Aquí no hay luz, no hay agua caliente, no hay nadie que te salve si te rompes una pierna. Y yo no soy de los que miman.

—Lo sé.

—No hay marcha atrás. Si te quedas, te quedas para siempre. Te follaré cuando quiera, como quiera. Te usaré como quiera. No habrá fines de semana, no habrá “volver al pueblo a descansar”. Serás mío. Del todo.

Tragué saliva. El corazón me latía tan ...
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