Escrit per: Peludosum
977 paraules
Era una de esas tardes de finales de verano en las que el sol ya no quema, pero todavía calienta lo suficiente como para que la piel recuerde el verano entero. La playa estaba casi vacía: un par de familias recogiendo sombrillas a lo lejos, una mujer paseando con su perro y, más allá, donde la arena se vuelve más gruesa y las dunas empiezan a tapar la vista del paseo marítimo, solo quedábamos él y yo.
No sé exactamente en qué momento nos vimos. Creo que fue cuando salí del agua, el bañador pegado al cuerpo, el pelo chorreando. Él estaba sentado en una toalla vieja, de espaldas a las pocas personas que quedaban, mirando el horizonte como si esperara que algo ocurriera allí. Llevaba un bañador azul oscuro, de esos cortos que marcan todo, y una camiseta gris sin mangas que dejaba ver unos hombros anchos y bronceados. No era guapo de portada, pero tenía esa calma peligrosa de los hombres que saben exactamente lo que quieren y no necesitan hablarlo.
Crucé la mirada con él una vez. Luego otra. La tercera vez ninguno de los dos la apartó.
Me acerqué despacio, como si solo fuera a pasar de largo, pero los dos sabíamos que no. Me senté a un metro de distancia, mirando también al mar. El silencio entre nosotros era cómodo, eléctrico. Después de un par de minutos él habló sin mirarme:
—¿Te molesta si me quito la camiseta? Hace calor todavía.
—No —respondí, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba—. Quítatela.
Se la quitó despacio. El torso era exactamente como lo había imaginado: vello oscuro en el pecho que bajaba en una línea perfecta hasta perderse dentro del bañador, músculos marcados por el trabajo más que por el gimnasio, una cicatriz pequeña y blanca justo debajo de la última costilla. Me miró de reojo mientras doblaba la camiseta.
—¿Tú también tienes calor? —preguntó.
Sonreí de lado y me quité la mía sin decir nada. El aire salado me rozó los pezones y sentí cómo se ponían duros al instante. Él lo notó. No dijo nada, pero su respiración cambió.
Nos quedamos así un rato, solo mirando el mar, dejando que la tensión creciera sola. En algún momento su mano izquierda se apoyó en la arena, muy cerca de mi muslo. No me tocó. Solo estaba ahí. Esperando a ver si yo movía la pierna esos cinco centímetros que faltaban.
Los moví.
Sus dedos me rozaron la cara interna del muslo, subieron despacio hasta el borde del bañador. Sentí cómo se me ponía dura al instante, cómo la tela se tensaba. Él soltó un suspiro corto, casi inaudible.
—¿Aquí? —preguntó en voz baja.
—Aquí —contesté.
Miró a ambos lados. Nadie. Solo el ruido de las olas y alguna gaviota lejana.
Se puso de rodillas delante de mí, de espaldas al mar, de forma que su cuerpo tapaba casi toda la vista desde el paseo. Me miró a los ojos m...
Mamada en la playa
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