Escrito por: Peludosum
841 palabras
La venda era de tela negra, suave pero gruesa. No dejaba pasar ni un hilo de luz. Me la puso él mismo —o al menos eso supuse— con movimientos lentos, casi ceremoniosos, mientras me susurraba al oído:
—Confía. No vas a saber nada. Y eso es lo que quieres, ¿verdad?
No contesté. Solo asentí, porque tenía la garganta seca y el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse.
Me guió hasta la cama. Oí el crujido del colchón, el roce de la tela cuando se quitó algo —la camiseta, quizás—, el sonido metálico de un cinturón que caía al suelo. Luego silencio. Un silencio que pesaba.
Sentí el primer roce en el tobillo. Dedos fríos que subieron despacio por la pantorrilla, deteniéndose justo detrás de la rodilla. Me estremecí. No dijo nada. Solo respiraba, profundo, controlado.
De repente dos manos diferentes. Una en mi nuca, sujetándome el pelo con firmeza pero sin tirar. La otra bajándome los bóxers de un tirón seco. No eran las mismas manos. El tamaño, la temperatura, la forma de apretar… distintas.
—¿Quién…? —empecé a preguntar.
—Shhh —me cortó una voz grave, desconocida, muy cerca de mi oreja izquierda—. Ni nombres. Ni caras. Solo polla y agujero. ¿Entendido?
Asentí otra vez, más rápido.
Me pusieron boca abajo. Alguien me abrió las piernas con las rodillas. Sentí un chorro frío de lubricante cayendo directo entre las nalgas, resbalando hacia el centro. Luego un dedo, grueso, sin delicadeza, entrando hasta el segundo nudillo de una sola embestida. Gemí contra la sábana.
—No tan fuerte… —murmuré.
Otra risa baja, esta vez desde el otro lado de la cama.
—Demasiado tarde para eso, bonito.
El dedo salió. Algo más grande lo reemplazó casi al instante: la cabeza roma, caliente, presionando. Entró despacio al principio, solo la punta, suficiente para que sintiera el grosor abriéndome. Luego, sin aviso, empujó hasta el fondo. Un solo movimiento largo y profundo que me arrancó el aire de los pulmones.
Joder.
Empezó a follarme con ritmo constante, sin prisa pero sin pausa. Cada embestida hacía que mi polla rozara contra la sábana y soltara un poco más de líquido preseminal. Estaba empapando todo.
Entonces noté movimiento a mi izquierda. Otra polla —más larga, más curva— me rozó los labios. No preguntó. Solo empujó. Abrí la boca por instinto. Sabía a piel limpia y a un leve rastro de sudor. Me folló la boca con la misma calma con la que el otro me follaba el culo: profundo, sin prisa, hasta que la sentí golpear el fondo de la garganta y tuve que tragar saliva para no ahogarme.
Eran dos. Solo dos, creo. Pero en algún momento perdí la cuenta de las manos.
Una me pellizcaba los pezones. Otra me agarraba las caderas con tanta fuerza que seguro dejaría marcas....
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