Escrito por: qute4qpe
656 palabras
Era jueves por la noche y el frío de febrero se metía por las mangas de la sudadera. Había ido sin muchas expectativas, solo con ese cosquilleo nervioso que siempre aparece cuando dejas el coche en el parking trasero de la antigua gasolinera abandonada de la carretera de circunvalación. Luces rotas, olor a gasolina vieja y a pino húmedo, y ese silencio roto solo por algún coche que pasa de largo en la nacional.Aparqué en la esquina más oscura, lejos del único foco que aún funcionaba. Dejé las luces de posición puestas, bajé un poco la ventanilla y me puse a mirar el móvil sin mirarlo realmente. Pasaron unos quince minutos. Nada. Solo el sonido de mis propios latidos y algún crujido de ramas.Entonces lo vi.Un hombre grande, lento, de unos sesenta y tantos. Chaqueta de cuero gastada, vaqueros oscuros, botas de monte. No iba deprisa, pero tampoco dudaba. Caminó directo hacia mi coche como si ya supiera que yo estaba ahí esperándolo desde siempre. Cuando llegó a la ventanilla se paró, me miró a los ojos un segundo largo y luego bajó la vista hacia mi regazo. Sonrió de lado, de esa forma que no pide permiso.Bajé del todo la ventanilla.—¿Frío? —preguntó con voz ronca, de fumador de toda la vida.—Un poco.Se apoyó en el marco de la puerta, metió la mano dentro y me tocó la nuca con dedos ásperos. Olía a tabaco, a colonia barata y a hombre que no se ha duchado desde la mañana. Me gustó.—No muerdo… a no ser que me lo pidas —dijo, y antes de que yo contestara ya tenía la otra mano dentro de mi sudadera, subiendo por el abdomen, apretando el pecho con fuerza contenida.No hubo casi palabras más. Me indicó con la cabeza que abriera la puerta trasera. Obedecí. Él entró primero, se sentó en el centro del asiento trasero con las piernas abiertas y se desabrochó el cinturón sin prisa. Yo me quedé de pie entre sus rodillas, temblando un poco, no solo por el frío.Me bajó los pantalones de un tirón seco hasta medio muslo. No se molestó en quitármelos del todo. Me giró de espaldas, me empujó hacia abajo hasta que quedé casi sentado sobre su regazo. Sentí la cremallera abierta contra mis nalgas y luego, sin preámbulos, la cabeza gruesa y caliente presionando.—Respira hondo, pequeño —murmuró contra mi nuca.Entró de una sola embestida lenta pero implacable. Quemaba. Me agarró de las caderas con esas manos grandes y callosas, y empezó a moverse sin darme tiempo a acostumbrarme. Cada empujón era profundo, pesado, como si quisiera dejar huella. Yo apoyé las manos en el respaldo delantero para no caerme hacia adelante. Gemía bajito, intentando no hacer mucho ruido, aunque allí no había nadie más.Él no hablaba mucho, solo respiraba fuerte por la nariz y soltaba algún “joder, qué apretado” o “así, qué bueno” entre dientes. En un momento me rodeó el pecho con un brazo, me pegó contra su torso sudoroso y me mordió el cuello con fuerza mientras aceleraba. Sentí cómo su barriga pelud...
La vieja gasolinera
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