Escrito por: Supremoxl
614 palabras
El pulso de la ciudad latía bajo sus pies con la furia incesante de una máquina, un ritmo que, para Alejandro, siempre había sido sinónimo de poder y control. Como Alto Ejecutivo en la cúspide de un imperio financiero, su vida era una coreografía de acero templado, donde cada mirada, cada palabra, cada decisión pesaba toneladas. Pero en la intimidad de su verdadero ser, bajo el peso de corbatasGiorgio Armani y trajes a medida, Alejandro llevaba una servidumbre secreta, un anhelo profundo por la rendición absoluta que solo una mano firme y un espíritu dominante podían aplacar.
Fue en una de esas noches de escape, en un garito discreto que olía a cuero y promesas veladas, donde conoció a Gael. El joven albañil no poseía la sofisticación pulida de su mundo, sino la rugosidad honesta de la tierra y la fuerza vital de quien construye con sus propias manos. Vestía una camiseta ajada que se aferraba a músculos forjados por el sol y el esfuerzo, y sus ojos, del color de la obsidiana, ardían con una autoridad innata, una calma amenazante que le susurró a la esencia esclava de Alejandro una verdad antigua: Gael era el Amo que su alma imploraba.
La primera vez que Gael lo tomó de la mano, Alejandro sintió una sacudida eléctrica; no era la delicadeza de una caricia, sino la posesión firme de quien reclama lo que es suyo por derecho propio. Gael no pedía, exigía. No seducía, sometía. Su voz, grave y aterciopelada, teñida por los ecos del trabajo diario, era una melodía de dominio que desarmaba las defensas de Alejandro, derritiendo la coraza de autoridad corporativa hasta dejar solo la piel desnuda, ansiosa y expectante.
Arrodíllate!! había ordenado Gael la primera noche, el eco de la orden resonando en el pequeño y funcional apartamento del constructor, un espacio austero que contrastaba brutalmente con los suntuosos salones de Alejandro. Y Alejandro lo hizo, con una reverencia que nacía no de la vergüenza, sino de una devoción feroz e incondicional. La gravedad de Gael, su manera de mover las manos curtidas que podían tanto levantar muros como esculpir la sumisión en la espalda de Alejandro, era un arte sublime. Cada azote de su cinturón de cuero, cada marca que dejaba sobre su piel, era un sello de pertenencia, una verdad inscrita en carne y alma.
Alejandro, el hombre que dictaba fortunas con un chasquido de dedos en el mundo exterior, encontraba en Gael a su auténtico soberano. La sumisión no era un castigo para él, sino el aire que sus pulmones necesitaban. La autoridad de Gael construía un santuario donde Alejandro podía despojarse de toda pretensión, donde la vulnerabilidad era la máxima expresión de fuerza y lealtad. Gael, a su vez, demostró no ser un tirano, sino un guardián de esta entrega. Su dominio era una forma de amor, una protección implacable que aseguraba que Alejandro, en su desnudez emocional y física, estuviera siempre seguro dentro de los lími...
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