Escrito por: Raay
2837 palabras
Al abrirles la puerta, pude notar cierta decepción en los ojos de los tres hombres que, por cierto, eran todos varios centímetros más altos que yo. En aquel momento, creí que su decepción se debía a mi físico, a qué de alguna manera yo no era como ellos esperaban. Y no negaré que, por un momento, sentí alivio. Pensé que si así era, darían media vuelta y se marcharían. Pero me equivoqué. Su decepción se debía a que “el trato” era que debía recibirles desnudo y con el collar puesto. Sin presentación alguna, el hombre con quien había hablado por Grindr me agarró del paquete con fuerza y me ordenó que me “vistiera” según lo acordado. Les dejé pasar al salón y fuí a paso ligero a mi habitación, donde tenía el collar, a desnudarme y colocarme dicho accesorio. A pesar de que la ansiedad me comía por dentro, acaté la orden, pues llegados a este punto, no deseaba contrariarles. Cuando volví a la sala, desnudo y con el collar puesto, me encontré con que los tres hombres se hallaban sentados en mi sofá, mirándome en silencio, vestidos pero con la polla al descubierto. Una gran sensación de humillación se apoderó de mí. El hombre con quien había hablado, al que a partir de ahora me referiré como Amo Uno, pues en ningún momento hicieron siquiera el amago de decirme sus nombres, me ordenó que me arrodillara frente a él. Sintiéndome ya obligado a no echarme atrás al ver que la situación había llegado a tal punto, accedí. Al menos, pensé, tuvieron el gesto de colocar tres cojines que tenía en el sofá en el suelo, uno frente a cada uno de ellos. Al arrodillarme, Amo Uno, que se encontraba en el extremo izquierdo del sofà, me apresó del collar y me espetó:
- Bien, ya sabes lo que tienes que hacer, esclavo. Empezaremos despacio. Metete mi polla en la boca y, sólo cuando yo te lo ordene, muévete a la izquierda. Cuando él (al que a partir de ahora me referiré como Amo Dos) te ordene que pares, haces lo propio con él - dijo señalando al que llamaré Amo Tres.
Sin mediar palabra, asentí, y con los nervios a flor de piel, hice lo que me dijo: me metí su polla, ya erecta y enorme, en la boca. Agradecí enormemente el olor a recién duchado y el hecho de que, si bien su miembro no se encontraba del todo rasurado, mantenía el vello corto y arreglado.
No sé cuanto tiempo estuve chupando su polla, lamiéndole los testículos y manteniendo la boca bien abierta cuando él consideraba que debía follármela. Lo único que sé es que, de repente, todos mis miedos y todas mis dudas, se esfumaron. En ese momento era incapaz de pensar: sólo podía chupar esa polla enorme y concentrarme en no regurgitar ante sus embistes. Mi mente estaba completamente apagada. Mi cuerpo no era más que un amasijo de instintos. Creí haber entrado en esa especie de trance que los entendidos del mundo BDSM llaman subspace. Mientras yo me encontraba inmerso en mi humillante tarea, los otros dos hombres se tocaban su...
Esclavo por un día (II)
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