Escrito por: PoliciaDom
2102 palabras
La madrugada del sábado siempre trae lo peor de la ciudad. Borrachos, peleas de bar, gente que no sabe cuándo parar. Yo llevaba seis horas de turno cuando recibí el aviso por radio: alteración del orden público en la zona de copas, un tipo dando problemas a la salida de un local.
Cuando llegué, ya estaban mis compañeros reduciendo a un hombre de unos treinta años que se resistía más por orgullo que por agresividad real. Alto, moreno, con una barba de varios días que le daba un aire descuidado pero atractivo. Llevaba una camiseta negra que se le había subido durante la reducción, dejando ver un abdomen trabajado. Además estaba hecha polvo. Rota, descosida, lo que dejaba ver un cuerpo musculado muy atractivo.
—¡Que no he hecho nada, joder!— protestaba mientras lo esposaban.
—Marcos Ruiz,— leyó mi compañero del DNI.— Treinta años, sin antecedentes.
El procedimiento fue rutinario: resistencia a la autoridad, alteración del orden público, y como no podía pagar la multa en el momento y era fin de semana, pasaría la noche en calabozos hasta que le tomaran declaración por la mañana.
Durante el traslado en el furgón, lo observé por el retrovisor. No parecía un delincuente habitual, más bien un oficinista que había bebido más de la cuenta y había elegido mal sus batallas. Pero había algo en su manera de mirarme, incluso esposado, que me puso en alerta.
—¿Cómo te llamas, agente?— preguntó con una voz más sobria de lo que esperaba.
No contesté pero durante el camino el compañero que conducía dijo mi apellido para indicarme un asunto administrativo.
—Martínez…— repitió, como saboreando mi apellido.
Por el retrovisor vi que sonreía.
—Todos los putos polis de vuestra generación estáis para repasaros uno a uno, joder —dijo trastabillándose por la borrachera.
En comisaría, lo procesé según protocolo: datos personales, efectos en un sobre, fotografías reglamentarias. Durante todo el proceso, Marcos mantuvo esa actitud extraña, como si estuviera evaluándome en lugar de ser al revés.
—Quítate los cordones y el cinturón,— ordené.
—¿No me los puedes quitar tu?— preguntó con una sonrisa que no era precisamente respetuosa.
Ignoré el comentario y lo conduje al calabozo número tres. Era una celda individual, limpia pero austera: un banco de cemento, un váter de acero inoxidable, nada más. Lo ideal para pasar unas horas reflexionando sobre malas decisiones.
—Que descanses, Marcos,— dije cerrando la puerta con llave. No solía usar el nombre de pila, pero estaba un poco hasta los cojones.
—¿No me vas a dar las buenas noches?— respondió agarrándose a los barrotes.
Durante las siguientes horas, cada vez que pasaba por el pasillo de calabozos para las comprobaciones reglamentarias, Marcos t...
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