Escrito por: fetishboy
1820 palabras
Todos los hechos narrados en este relato son ficción.
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Mi nombre es Jaime, tengo 26 años y de siempre me han gustado los tíos, aunque esto nadie lo sabe. Para disimular, como sé que hacen otros colegas, había tenido alguna novia, pero mi experiencia con tíos era bastante reducida. Los tíos que encontraba por las apps no me molaban, y los que me molaban estaban lejos de mí. Más allá de morreos o comidas de polla esporádicas no había tenido nada más, y el único intento de sexo anal se había quedado en un chaval de mi edad intentando meterme el dedo por el culo. Tampoco es una experiencia que recuerde con gran cariño.
Lo que sí me molaba, y era mi mayor fetiche, era la lucha erótica. Me mataba a pajas viendo vídeos de chavales luchando, en mallas ajustadas, speedos o directamente desnudos. Incluso me había apuntado a una página de contactos de luchadores a los que les molaba también este fetiche. Allí fue donde conocí a José, un tío de 45 años que vivía cerca de mi ciudad, y al que también le interesaban estos temas. De mediana estatura, era uno de esos tíos que se pueden catalogar “del montón”, con perilla, delgado, iba todas las semanas al gym aunque no tenía un cuerpo de escándalo. A mí, personalmente, no me atraía físicamente, pero congeniamos en cuanto a personalidad. Los fetiches que teníamos eran muy parecidos, pero ninguno de los dos teníamos sitio para quedar, aunque sí quedábamos de vez en cuando a tomar algo y hablar personalmente de nuestros morbos. De todas formas tampoco me atraía lo suficiente como para ponerme duro con él mientras nos revolcábamos por el suelo.
Sin embargo, un día recibí un mensaje suyo con una propuesta bastante interesante. Un colega suyo tenía sitio en una urbanización, a media hora de distancia en coche, donde organizaba algo así como torneos de lucha. Él ya había asistido un par de veces a esos torneos y siempre había salido satisfecho. “Eso sí”, me dijo, “las apuestas son bastante altas, pero siempre de buen rollo, el tío es legal y le gusta organizar muy bien las cosas”. Como os podréis imaginar, la polla se me puso dura como una piedra cuando leí semejante propuesta, aunque por otro lado me daba miedo eso de las apuestas. José me confirmo que se trataba de sexo. Quizá esta era la oportunidad de estrenarme de una vez por todas, y José era un tipo de fiar, si iba con él estaba seguro de que la cosa no podría ir mal. Terminé aceptando la propuesta.
El torneo iba a ser un sábado de abril. José me llevaría en su coche, y según él no tenía que llevar nada, ni ropa especial, ni material de aseo. Todo nos lo proporcionaría su colega, Sergio. Ya de camino, me contó que Sergio tenía 40 años, y tenía bastante experiencia luchando. Había organizado varios torneos en su chalé, siempre de cinco tíos, a lo...
El torneo de lucha (1)
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