Escrit per: Sumisosc
Te levantas de golpe, le apartas la mano y coges la ropa del suelo sin mirarle. Te vistes en silencio, con las manos temblando, y sales de su piso sin decir ni adiós. La puerta se cierra detrás de ti con un golpe seco. En la calle te sientes sucio, ridículo y excitado a la vez, con el candado pesándote entre las piernas a cada paso , no has meditado la decisión y el orgullo ha podido más que la libido.
Esa noche no duermes. Das vueltas en tu cama con el culo todavía sensible de las folladas anteriores, la jaula mordiéndote cada vez que se te pone dura y no puede crecer. No paras de darle vueltas: su polla, su lefa dentro, la limpieza, el olor de su sudor… y la idea de que te preste a otros tíos. Te da asco. Te da vergüenza. Y al final te da tanto morbo que acabas lamiendo el interior de la jaula con la lengua, frustrado.
Al día siguiente estás otra vez delante de su puerta a media tarde. Llamas. Él abre en pantalones cortos, sin camiseta, con cara de saber perfectamente lo que ha pasado. No dice nada, solo se aparta para dejarte entrar.
Te arrodillas nada más cerrar la puerta. Las palabras te salen bajas, casi ahogadas:
— Sí… Acepto. Haré lo que quieras. Seré tu puta para esos daddys.
Él te mira desde arriba un buen rato, sin sonreír. Luego te suelta con voz fría:
— Claro que aceptarás. Pero te fuiste ayer como una niñata. Eso no se hace. Ahora vas a pagar por haberte largado.
Te agarra del pelo y te arrastra hasta el salón. Te tira al suelo.
— Quítate todo menos la jaula. Y empieza a limpiar otra vez, de rodillas. Todo lo que hiciste ayer lo vas a repetir hoy, pero con la cara pegada al suelo y mi pie en la nuca cuando me dé la gana.
Pasas las siguientes tres horas así: fregando el baño con un cepillo pequeño, lamiendo las suelas de sus zapatillas de deporte antes de guardarlas, pasando la bayeta por los azulejos con la lengua cuando él te lo ordena. Cada vez que protestas o levantas la cabeza te da un cachetazo seco en la cara o te pisa la mejilla contra el suelo.
Cuando la casa vuelve a estar impecable, te lleva al dormitorio tirándote del pelo. Te tira boca abajo sobre la cama que limpiaste hace un rato y te abre las piernas sin miramientos.
— Esto es el castigo, cabrón.
No usa saliva. Te escupe directamente en el ojete y te mete la polla de un solo empujón brutal. Gritas contra la almohada. Él te aplasta la cara contra el colchón y empieza a follarte con rabia, como si quisiera partirte.
— ¿Te creíste que p...
El mulato del gym (3)
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