Escrit per: minto
Gustavo lo atendió como a cualquier cliente nuevo. Le preguntó por objetivos, lesiones previas, disponibilidad. Sánchez respondía con frases cortas, precisas, mirándolo de forma directa y sin ninguna prisa. Cuando Gustavo le demostró un ejercicio de press militar, Sánchez no se limitó a copiar el movimiento: lo diseccionó. Observó la contracción de los deltoides, la forma en que Gustavo controlaba la respiración, la tensión en los antebrazos, el leve temblor que aparecía cuando llegaba al fallo muscular absoluto.
—Tienes un control interesante —dijo al terminar la serie, con voz baja y ronca—. La mayoría de los entrenadores solo levantan peso. Tú pareces estar castigándote a ti mismo con cada repetición. Como si el dolor fuera lo único que te mantiene en pie.
Gustavo sonrió por cortesía, pero algo en esas palabras le removió el estómago de una forma sucia y caliente.
Terminaron la sesión. Sánchez le pidió su número “por si necesitaba ajustar la rutina”. Gustavo se lo dio sin pensarlo demasiado, aunque las manos le sudaban.
Tres días después recibió un mensaje corto:
¿Tomamos algo esta noche?
El bar era pequeño, oscuro, con mesas de madera gastada y una barra de metal mate. La luz era cálida y baja, casi indecente. Sánchez ya estaba allí cuando Gustavo llegó, con una cerveza a medio beber delante y la mirada fija en la puerta. Hablaron primero de entrenamiento, de sobrecarga progresiva, de cómo el cuerpo responde mejor cuando se le impone un orden estricto y cruel. Luego la conversación derivó, casi sin que Gustavo se diera cuenta, hacia territorios peligrosos.
—La disciplina es una forma de control —dijo Sánchez, girando el vaso entre los dedos con calma depredadora—. Pero hay otro tipo de control. El que se arranca. El que se cede hasta que no queda nada. Algunas personas solo encuentran paz cuando alguien más decide incluso cuándo pueden respirar.
Gustavo se rio, incómodo, y bebió un sorbo demasiado largo de su cerveza.
—No sé si eso es para mí.
—Todavía no lo sabes —corrigió Sánchez sin elevar la voz—. Pero lo buscas. Se te nota en la forma en que aguantas el dolor en el gimnasio hasta que casi te desmayas. En cómo te niegas el descanso aunque el cuerpo te grite. Estás entrenando tu cuerpo para ser destruido. Solo te falta alguien que sepa cómo hacerlo bien.
Esa noche terminaron hablando hasta pasada la una. Cuando se separaron, Sánchez le puso una mano en el h...
Capítulo I – Una amistad oscura
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