Escrito por: h9m3tjtb
1104 palabras
En el gimnasio, el ambiente siempre era cargado, con ese olor a sudor fresco, metal caliente y esfuerzo acumulado. Había llegado temprano esa tarde, como de costumbre, para sudar un rato y despejar la mente. Las máquinas zumbaban bajo las luces fluorescentes, y el eco de los pesos cayendo llenaba el espacio. Entonces entró él. Un tipo nuevo, de esos que llaman la atención sin esfuerzo. Alto, con ese porte de quien viene de familia con dinero, ropa de marca que se ajustaba perfectamente a un cuerpo esculpido por horas de dedicación. Músculos definidos en los brazos, hombros anchos, pecho que se marcaba bajo la camiseta ajustada. Y peludo, sí, se notaba en los antebrazos, en el cuello, ese vello oscuro que prometía más debajo.
Se cambió en un rincón, revelando poco a poco. Piernas fuertes, glúteos firmes que tensaban los shorts, abdomen marcado con ese rastro de pelo que bajaba hacia lo que quedaba oculto. Empezó a entrenar con pesas libres, gruñendo suavemente con cada repetición, el sudor brillando en su piel, empapando el vello del pecho que se asomaba por el escote. Cada movimiento hacía que los músculos se hincharan, se contrajeran, y el olor a él —fresco, masculino, con un toque de colonia cara— empezaba a flotar. Me mantuve cerca, fingiendo mi propia rutina, pero los ojos volvían una y otra vez. Era imposible no imaginar cómo sería tocar esa piel caliente, hundir los dedos en ese pelaje espeso.
Pasó más de una hora. El gimnasio se fue vaciando poco a poco. Él terminó su serie final, respirando agitado, el cuerpo reluciente de sudor. Se dirigió a los vestuarios, quitándose la camiseta por el camino, dejando a la vista la espalda ancha, cubierta de vello fino que bajaba hacia la cintura. Entró en las duchas. El agua empezó a correr. Esperé un par de minutos, el corazón latiendo fuerte, esa mezcla de nervios y excitación que hacía que todo se sintiera eléctrico.
Me acerqué sigiloso. Su taquilla estaba entreabierta, la toalla colgada. Ahí estaban sus calzoncillos, aún calientes, húmedos de sudor. Boxers de marca, negros, con ese aroma intenso: sudor limpio, masculinidad pura, un toque almizclado que venía de horas de esfuerzo. Los agarré rápido, los metí en mi bolsa y salí del gimnasio sin mirar atrás, el pulso acelerado, ya imaginando lo que vendría después.
Llegué a casa, cerré la puerta con llave y el mundo exterior desapareció. La habitación estaba en penumbra, solo la luz de la lámpara de noche. Saqué los calzoncillos robados y los acerqué a la nariz. El olor me golpeó como una ola: profundo, terroso, con ese almizcle masculino que hacía que se me endureciera al instante. Inhalé lento, largo, dejando que el aroma llenara mis pulmones. Era él, su sudor, su piel peluda, el rastro de su entrepierna después de entrenar. Me quité la ropa, quedando completamente desnudo, la polla ya tiesa, goteando un poco de precum.
Coloqué el ...
Los calzoncillos del Cayetano del gym
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